lunes, 20 de noviembre de 2017

Doorman 24: Cabaña



 - A ver, que yo me entere bien. Me estás diciendo que hay dos bandos, que siempre hay dos malditos bandos, aunque la particularidad de estos es que no les tiembla la mano a la hora de deshacerse de sus oponentes, con el aliciente adicional de que no hay justicia capaz de ponerles freno.

 - Esa sería la parte entretenida de su manera de ganarse los garbanzos, hombre. Por otro lado, su esperanza de vida no es muy halagüeña y todo eso. Además, no te creas que son personas sin estudios, de barrios marginales, etc. No, no, estamos hablando de gente preparada, titulada, con interesantes recursos inmateriales. Pero claro, con la tasa de paro que hay actualmente, todo eso no importa una mierda, la mayoría de las veces. Ya sabes: o tienes un buen enchufe o...  En fin, que no es que los esté justificando, pero hay que comer a diario.

 - Vale. Y luego, en medio de todo ese jaleo... ¡vosotros! O sea, el charlatán y tú. Sólo por el placer de darles a todos por saco.

 - Ja, ja. No, hombre, somos más, lo único que no vamos todos juntos por ahí dando la turra como los Hare Krishna en el GTA. Nosotros tenemos nuestros propios objetivos, pero reconozco que es divertidísimo joderles los planes a esos capullos. Lo bueno de ser pocos es que es más difícil ubicarnos y darnos caza. Si no, seguro que ya se habrían puesto de acuerdo para frenarnos.


 - ¡Pero entonces tampoco sois mucho mejores que ellos!
 - Ni peores, claro. Pero tal vez sí un poco más justos. Y por eso creo que podemos marcar una diferencia real. 

 - Créeme. Sigo pensando que os falta a todos un puto tornillo en la cabeza. ¡De lado a lado!


Ya estaba casi amaneciendo cuando empezó a llover. Primero fueron cuatro gotas, pero poco a poco el volumen de agua en el parabrisas fue complicando la visibilidad y tuvieron que aminorar la marcha significativamente. En esa zona llevaban una buena temporada de lluvias, a pesar de que no había terminado aún el verano.


 - Ahora que se iba a hacer de día se pone a diluviar. Casi parece a medida, la verdad. Si alguien nos pudo haber estado siguiendo o controlando de alguna manera se va a tener que quedar con las ganas. Aunque he de reconocer, eso sí, que para el sitio al que vamos es un poco coñazo -se lamentó Paloma-.

 - Da igual que sea poco o mucho tiempo, volver a casa y a estos parajes siempre le alegra el alma a uno. Aunque por lo que estoy viendo, algo me dice que exactamente a casa no vamos.

 - Me temo que no, compañero, me temo que no. Pero no te preocupes, que vamos a un sitio bastante guay. Te va a gustar fijo, ya lo verás. Salvo por la lluvia, claro.

Ya hacía rato que habían dejado la autopista. Continuaron por carreteras convencionales media hora más y luego tomaron una desviación que los llevó a una comarcal llena de baches. Serpenteaba siguiendo el curso de un pequeño río, custodiada por montes a ambos lados. Era una zona que Ramón conocía, en realidad, aunque acostumbraba a pasar por ahí con mejores condiciones climatológicas. A fin de cuentas, ¿a quién se le ocurriría hacer rutas de montaña con mal tiempo? Todavía llegaron a tomar otro desvío más, pero este ya debía de ser el último, porque se adentraba en un pequeño bosque y luego ascendía por una ladera, casi todo el rato al cobijo de los árboles, hasta que se detuvieron al lado de un tendejón.

 - Bueno, el último tramo lo haremos a pie. En el maletero hay ponchos para el agua, si no quieres llegar arriba calado.

Mientras se colocaban las prendas, el fulano silencioso se ocupó de meter el coche a techo y cubrirlo con una lona, después de cambiarle las matrículas. No había dicho ni una sola palabra en todo el viaje, limitándose a asentir o a negar con la cabeza cada vez que Paloma le indicaba cualquier cosa.

 - Pues ya casi estamos, hombre. Un poco de ejercicio y llegamos. ¡Ah, la naturaleza! ¿Habrá cosa mejor?

 - ¿Cualquier cosa con tejado cuando llueve?

 - No hay quien pueda contigo. ¡No hay quien pueda!

La ascensión no era dura en sí, aunque el suelo estaba lleno de barro y charcos y los resbalones se sucedieron con bastante frecuencia. A pesar de todo hubo más risas que quejas, y en menos de una hora el camino, desembocó en un prado amplio, con una gran cabaña a la derecha y su cuadra colindante.

De una chimenea salía humo y, a pesar del ruido de la lluvia, se podía escuchar también el de un generador, probablemente uno pequeño.

 - Demasiados días sin cargar los paneles solares, quién lo iba a decir en esta época. Pasa, pasa... Entra y ponte cómodo. Dentro hará más calor y podremos cambiarnos de ropa y secar.

 - La casa de la pradera. Los intrépidos agentes del caos vivís en el monte, en una cabaña a tomar por el culo de todo. Muy sofisticado, sí. Desde luego, no dejas de sorprenderme.

 - Es un sitio tan bueno como otro cualquiera para pasar desapercibidos, y ya sabes que yo vivo en la ciudad, al igual que varios de los que estamos aquí. Ahora los verás, deberían estar trabajando aquí al lado, ahora mismo. Ahí tienes café, leche, zumo... sírvete lo que quieras. Pero bueno, ya que te pones, prepárame a mí un cortado. Y dos de azúcar, por favor.

El interior de la cabaña era modesto: una parrilla para encender el fuego y la chimenea, a la izquierda. A su lado, una pequeña meseta separando un armario con una cocina de gas encima y algunas ollas, sartenes y una bombona, debajo. Más allá, un par de alacenas con platos, tazas y cubiertos... y un par de baúles grandes con ropa: varios chándales, camisetas, jerséis, pijamas y alguna prenda más. Dominando la estancia había un par de somieres de madera y, encima de todo eso, un altillo con varios sacos de dormir aún estirados a los que se accedía mediante una escalera, también de madera. Echando cuentas, entre seis y siete personas habían pasado allí la noche.

 - Bonito sitio, muy acogedor. Aunque tal vez un poco pequeño para tanta gente. Mola mucho porque está lejos de todo y a la vez muy cerca, pero se ve de lujo para una escapadita cuando uno quiere algo de tranquilidad.

 - Sí, bueno... pero hace ya unos cuantos años que dejó de servir únicamente para esos propósitos. En cuanto tomes el café y te pongas cómodo, iremos a ver a los demás.

Pegada a la cabaña estaba la cuadra. Prácticamente le doblaba el tamaño, aunque sus estructuras y construcciones eran muy similares. No había nada a la vista que sugiriese lo que había dentro, pero nada más abrir la puerta, el contraste del interior con el exterior rústico golpeaba como un horno caliente al que abres la puerta cuando vas a comprobar si la pizza ya está en su punto, pero te das cuenta demasiado tarde que la has abierto de golpe y tu cara está en primer plano.

Una mesa corrida plagada de ordenadores y pantallas ocultaba prácticamente la pared de la derecha, mientras que la opuesta estaba cubierta por varios tableros llenos de recortes, fotografías y anotaciones hechas a mano. Una escalera apoyada en un extremo subía hasta un altillo donde se apreciaba claramente su cometido: apartar lo que estorbaba. En este caso, como luego le explicaron a Ramón, era donde guardaban herramientas , madera, comida y bebida. Y, en caso de necesidad, se podía usar para dormir más gente. Aunque hasta la fecha nunca había sucedido tal cosa.

 - Esto siempre me ha llamado mucho la atención: o sea, lo típico de entrar en una habitación llena de ordenadores y la gente tecleando sin parar y moviendo papeles por doquier. En realidad, ¿están haciendo algo? ¿Quién se cree eso? Aporreando los teclados sin parar. ¡Venga ya! La gente normal descansa, sale a fumar, habla... ¡Esto es un cliché! ¡Una coincidencia imposible!

 - Creo que deberías intentar ver un poco menos la televisión. Como opción, digo.
 
 - ¿Y qué negocio tenéis aquí montado, si se puede saber? Porque menudo chiringuito, compañera. Esto es imposible que pase tan desapercibido como para que nadie sepa que estáis aquí. 

 - Bueno, que estamos aquí arriba, físicamente, lo sabe la gente de los alrededores. Tanto del resto de cabañas como la de los pueblos de abajo. Pero ni ellos nos molestan ni nosotros les damos problemas. Al contrario, nos llevamos todos muy bien y nos hacemos favores mutuamente, así todo el mundo sale ganando. Y sobre qué hacemos en concreto, pues monitorizar a las dos pandillas y estar preparados para actuar, en caso de necesidad. Hay más gente como nosotros en otras partes del país, aunque siempre grupos reducidos (mayor movilidad). Al ser varios, todo es más fácil.

 - Pero fuiste tú quien vino a rescatarme.

 - Eso ya era un asunto personal. Me sentía responsable de que te hubieran atrapado, así que yo misma me puse manos a la obra.

 - ¿Y de dónde salen todos los recursos que consumís? ¿O es que uno de estos tipos se dedica a organizar crowdfundings en Internet? Y lo que es más importante: ¿qué pasa con la policía o el ejército? ¿Cómo es que no han atrapado a ninguno de los tres equipos del campeonato nacional de raritos?

 - Eso es lo más fácil de explicar, aunque no por ello lo más sencillo de entender: simplemente nos dejan hacer. Alguna vez detienen a alguien, pero siempre acaba habiendo una llamada y si te he visto, no me acuerdo. Demasiada gente untada en todas partes, así que otra gente tiene que hacer el trabajo sucio.

 - O sea, ¿que vosotros trabajáis para el Gobierno?

 - Esto... bueno, tampoco exactamente. Pero seríamos los menos malos. Imagina que tuvieras una resaca descomunal, una hemorroide como una pelota de golf y estuviera ardiendo tu casa. ¡Nosotros seríamos ese pedazo de grano en el culo! ¡Pero literal, ja, ja!

 - Humor no te falta, la verdad. En fin, ¿y qué hemos venido a hacer aquí, ya puestos?

 - Sentarnos a disfrutar del espectáculo. Verás, hemos conseguido hacer salir a esas ratas de sus respectivas madrigueras, así que ahora que se han podido localizar, lo más seguro es que se den de hostias un rato. Como te dije, sus metas culminarán en pocos meses, así que se están quedando sin tiempo. Aquello de la democracia, como cuando éramos unos críos, desapareció hace bastante. Ahora es la ley de la jungla, como puedes ver. Ni amenazas ni extorsiones, aquí se arrancan las cabezas unos a otros.  Y no pongas esa cara, que los rollos de las mafias sobre las que tanto habrás leído y visto, eran y siguen siendo muy parecidos. Espero que no seas un hipócrita remilgado.

 - Joder, pero es que lo dices casi como si te gustase. Es más, yo creo que hasta disfrutas con todo esto. ¿No será que estás un poco enferma, o algo? 

 - Dímelo tú, que eres tan listo.

 - ¡No hace tanto de lo del centro comercial! Cuando nos conocimos, ¿recuerdas? Tan sólo han pasado unos meses y mírate: te desenvuelves como si llevaras haciendo esto años. Caray, por esa mirada que me estás echando ahora mismo, apostaría todo el dinero que tengo en un cerdito a que, efectivamente, llevas en esto siglos.

 - Creo que tengo una mala noticia que darte... Es posible que ya no haya tantísimo dinero en el cerdito como piensas. De hecho, puede que la propia hucha no esté en las mejores condiciones de salud.

 - ¿Me estás diciendo por un casual, que tal vez sea posible que hayáis entrado en mi casa sin mi permiso y me hayáis desvalijado? ¡No me lo puedo creer! Quiero decir, no hasta ahora, desde luego.

 - Pues mira, no. O sea, sí y no. Puede que hayamos entrado, vale, pero era por tu bien y lo hicimos por un motivo en concreto. Lo que pasa es que no mucho más tarde entró también alguien más. Damos por hecho que eran agentes de Salomón, y esos sí que lo pusieron todo patas arriba. Sin ser detective, diría que fueron a buscar lo mismo que nosotros, sólo que llegaron tarde.

 - Vamos, que todo el mundo sabe dónde vivo, quién soy, dónde estoy o no estoy en cada momento... ¡Ni que fuera un youtuber influencer de esos! Oye, y hablando de todo un poco: ¿qué es lo que andabais todos buscando en mi casa?

 - Ya me he fijado en que no te has dado cuenta siquiera. Creí que los ibas a reconocer, pero ya veo que no. ¿No te suenan aquellos maletines?

 - ¡Hostia, los que me dio Pérez llenos de movidas frikis y científicas! ¡Hay que joderse! ¿Y cómo sabías tú qué eran, qué tenían y dónde encontrarlos? Ahora me dirás que también estuviste conmigo en el cuartel secreto de esos chiflados.

 - Je, je... Soy buena, pero no. En este caso no hizo falta, y seguramente ya te habrás dado cuenta por dónde van los tiros.

 - Vale, entiendo. Entre espías anda el juego. Me lo hubiera imaginado de haberlo sabido todo desde el principio. Se siente uno bastante imbécil una vez que te ponen al día, ¿sabes? Por cierto, ahora me dejas con la intriga de si conozco o no a ese infiltrado o infiltrada.

Fuera de la reformada cuadra había dejado de llover y parecía que el día iba a abrir. Se enteraron porque había entrado un fulano que parecía ser un vigilante a dar parte de la escasez de novedades y aprovechar a calentarse un poco en la cabaña, tomando un café. Con esa referencia acerca de la climatología, los cerebritos encargados de darle el toque humano a tanta parafernalia electrónica se fueron turnando para salir a estirar un poco las piernas y a dar rienda suelta a ese extraño vicio, aceptado socialmente, que es fumar.

Hacia la hora de comer el sol ya estaba apretando lo suficiente como para secar la hierba delante de la cabaña, así que sacaron unos bancos, un par de mesas, cubertería e incluso vajilla y un mantel de cuadros muy cuco. Allí se sentaron tranquilamente, mientras iba apareciendo el resto del personal, aparentemente animado, bien por la hora o bien por la luz natural.

 - Muy guapo todo, sí señor -dijo Ramón-. Aunque no sé, me falta algún detalle. Por ejemplo, que ahí dentro no he visto mucha comida, salvo cuatro cosas, y que yo sepa hasta aquí arriba no deben de llegar los repartidores a domicilio.

 - Que tú sepas, claro. Tío, ni que estuviéramos en la Edad Media. ¡Gente de poca fe!

Al cabo de un rato, concretamente a las dos en punto, un ruido lejano que se escuchaba de fondo se fue convirtiendo en cercano poco a poco, hasta el punto de traer consigo un todoterreno, justo en el momento en que más nítido se oía.

 - ¡Qué cabrones, así también vivo yo en el monte!

 - Anda, menos quejarse y más mover el culo, que habrá que echar una mano . ¡A ver con qué nos sorprenden hoy!

El tiempo que dedicaron a la comida y a recoger todos los bártulos después fue distendido como cabría esperar, y un poco más tarde también se fue el vehículo tras haber descargado unos cuantos trastos más. Poco a poco la gente fue volviendo a sus asuntos , hasta que al final quedaron solos Ramón y Paloma, que decidieron caminar un poco y charlar.

 - Oye, pues está guay este sitio para pasar un par de días o tres, y más pudiendo hacer trampas con el tema del papeo.

 - Sí, la verdad es que aquí se está muy bien, pero más días que esos empieza a ser un agobio, por eso nos vamos turnando. No siempre está aquí la misma gente, y demás. Y no es sólo la cabaña, tenemos unos cuantos zulos repartidos por la zona. ¡Eh, no me mires así! Son para esconder material. Bueno, al lío. La idea de venir aquí ha sido para ponerte fuera del terreno de juego unos días, está claro. No paras de dar tumbos continuamente, te tienen como si fueras la pelota de su partido de fútbol sin darse cuenta de que así no van a conseguir grandes progresos contigo. De hecho, eso es por lo que te dieron los famosos maletines. Si no puedes hacer algo por ti mismo, la ciencia siempre puede ayudar, aunque a medio plazo pueda ser nocivo. Pero como eso no les importa si consiguen antes lo que quieren... Es algo que va de la mano con la avaricia, ya sabes.

 - ¿Sugieres que esas movidas que me inyectaban no sirven para nada? ¡Porque vaya si notaba los efectos!

 - Claro que sirven, pero sólo para acelerar algo que me parece que es innato. Vamos, que lo llevas dentro ya de serie, aunque con tanto ajetreo y sin que te den instrucciones, pues tú ni puta idea, como es lógico. De todas maneras, lo que sí nos interesa del alijo, y mucho, son las dosis curativas. En esa parte nos llevaban algo de ventaja, pero ahora igualaremos un poco la contienda. De hecho ya tenemos a nuestra gente trabajando en ello como locos.

 - O sea, que eso de relajarse, concentrarse, focalizar, los chakras, la paz interior...

 - Pues que todo eso es un engañabobos. Demasiadas series, demasiados cómics, demasiadas pelis y demasiados libros de gente que se flipa. Te lo resumo de la siguiente manera: ¿quieres algo? Pues lo coges. ¿Tú tienes imaginación? Pues esa es la base de todo. De acuerdo, al principio cuesta un poco más y tienes que concentrarte un poco para saber qué combinación de teclas has de tocar en tu cerebro, pero luego, en cuanto coges algo de práctica, sale solo. Y, si no, prueba tú mismo. ¿O no lo hacías así antes? Y una cosa más: creo que tu poder no tiene límites, aunque eso ya es una suposición mía, en vista de que todo el mundo anda detrás de ti con una obsesión desmedida.

 - Creo que estás siendo un poco como los demás, que dan por hechas muchas cosas. ¡Muy listos sois todos aquí!

 - No, lo digo en serio. ¿Hasta ahora que has sido capaz de hacer?

 - Pues... abrir las puertas de un puñetero supermercado, ser capaz de visualizar la distribución de un edificio en mi mente y moverme a través de él desde mi habitación proyectando una mano insustancial y... ¡Ah, sí! Abrir una puerta de repente para darle un buen golpe a esa estirada de Torres en los morros. ¡Qué risas, ese día!

 - ¿Y si te dijera que ahí no está el límite? ¿Y si pudieras moverte físicamente a través de las puertas haciendo que aparezcan delante de ti?

 - Pues te diría que estás como una cabra y que, hasta donde yo sé, aún no se ha inventado la teletransportación.

 - Vale, pues mira. Calculo que tendremos uno o dos días de tranquilidad mientras los otros hacen sus próximos movimientos. ¿Por qué no le das unas vueltas a lo que te acabo de decir y lo intentas hacer posible? Aquí tienes todo lo que necesitas: las puertas de la cabaña y la cuadra, y tu cerebro. Sin estar delante, intenta abrir una y entrar. ¡Usa la imaginación!

 - ¿No había algo que fuera un poco más complicado y enrevesado? No sé, ya puestos a pedir... En fin, que no hay manera de que me toque hacer algo sencillo nunca. Por cierto, ¿por qué te has teñido el pelo?

 - ¡Hum! Te lo cuento si luego te pones con lo tuyo.

 - Hecho.

- Dibujo de SandriuX.