domingo, 5 de diciembre de 2010

Doorman 2: El despertar.

Pasaron un, dos, tres… cuatro, cinco, seis semanas y aquella X no curó. Luego hay quien se tatúa, cuando este método de toda la vida y doloroso es mucho mejor. No hay comparación.
Como esto no es una película y aquí no hay prisa para relatar los acontecimientos que acontecieron y acontecerán y que además serán contados (supongo) en desorden cronológico, aleatorio y en base a lo que surja en cada momento, pues afirmo que la cantidad de vueltas, rodeos, conexiones sin apenas sentido y guiños en general será, a veces, tediosa (yo no lo voy a leer, así que me da igual) y otras, las menos, un intento de parecer graciosillas. O no, porque seguro que habrá cosas serias (ja, ja). Quiero decir con esto que resumir cómo se va haciendo con el control de los poderes a lo bestia como, por ejemplo, en la película de Spiderman®, pues no mola, así que me enrollaré un montón. Que ahí radica lo bueno de los libros, que puedes dar cientos de miles de millones de rodeos porque nadie dice que tengan que durar más o menos. Es más, por eso aparecen esos enormes tochos en las librerías, tan aclamados por la gente, en los que, en general, la historia se podría contar con la décima parte de la paja que meten esos bastardos por tener un “nombrecillo”.

La verdad es que me gustaría llegar un poco lejos con alguna historia (refiriéndome siempre a extensión, no soy tan vanidoso aunque penséis que sí, cabrones).

Lo que puedo prometer, y prometo (todo no, que no soy político), es intentar ser ameno y sacaros alguna sonrisilla, que ya sé que seguimos de lleno en la crisis, pero reír es casi gratis. Debo decir, en este momento, que esta última idea la expongo todas las putas veces y se me repite hasta a mí, así que no me quiero imaginar a vosotr@s. Pero esto pasa en las mejores familias. Escritorazos y azas que presumen de ser impresionantes se repiten más que el ali-oli del Rey del Bocata ®, aquella cadena mítica de bocatería ultra-chunga. Y nadie les dice nada, así que no va a ser menos en mi caso. Espero. En fin, vayamos al lío.

Días más tarde de los porrazos y aquella sensación de que una puerta (¡qué estupidez!) le hubiera hablado, el dolor aún no se le había ido del todo. A pesar de que, efectivamente, se le había olvidado ir al médico para curar la herida (esto le puede pasar a cualquiera, ejem), la cosa no pintaba muy mal. Lo único, que se hacía muy evidente que la cicatriz había llegado para no marcharse, como el “okupa” que le cambia la cerradura a la puerta para lo mismo. Que los hay.

Con todo, no había vuelto a tener alucinaciones, así que siguió con su vida con normalidad. Esa normalidad tan aburrida que hace que algo que se salga de esa tónica se convierta en toda una noticia o una aventura. Que, por cierto, no era el caso.

Ramón tenía un trabajo corriente en unos grandes almacenes, en la sección de ropa interior femenina (a él que le pregunten, lo dijo el jefe y punto). Seguramente, siendo como era, aquello podría haber resultado una auténtica bomba de relojería pero, misterios de la vida, el bueno de Ramón estaba más relajado que de costumbre gracias a ese nuevo cargo. Antes había pasado, sin pena ni gloria, por las secciones de juguetería, electrodomésticos (odiaba aquella sección) y droguería, llegando a ser denunciado, incluso, por una compañera muy borde, por robar cajas de ibuprofeno ®.

Estaba trabajando tranquilamente, mientras colocaba las fajas color carne (por dios, ¿quién habrá sido el hijo de la gran puta con tan mal gusto para escoger ese color?) cuando “esa sensación” le recorrió nuevamente el cuerpo como quien mete los dedos mojados en un enchufe y los voltios compiten para ver quién tumba al infeliz. Se dio la vuelta mientras el familiar sonido de la puerta de acceso comenzaba su movimiento de apertura.

- ¡He sido yo, lo presiento! – pensó (bueno, pensó. Quien dice pensar dice imaginar. O flipar).

Se acercó de esa manera que sólo en las películas de intriga o de terror saben acercarse, donde el espectador, expectante e incapaz de hacer nada por evitarlo, ve cómo el protagonista no se da cuenta de que algo va a suceder y que, a pesar de los tiempos que corren, siempre termina, invariablemente, haciendo lo que cualquier tonto sabe que no debe hacer. Pero bueno, los guionistas sin imaginación, pero con mucho dinero, también tienen derecho a la vida.

Llegó, finalmente, a la puerta cuando, de pronto, ésta se abrió, retiró sus majestuosas hojas cristalinas y, para inmensa sorpresa de Ramón, permanecieron abiertas ante él.

La gente que pasaba por allí cerca observaba toda la escena con cierta incredulidad, como si temieran ser víctimas de un programa de cámaras ocultas, pero es que, viéndole la cara, era difícil saber con seguridad si aquel tipo estaba cuerdo o lejos del mundo real.

Mientras tanto, Ramón se concentraba e hilillos de chapapote sudor le recorrían la frente (que le caían hacia abajo, vamos. Esta expresión siempre ha sido un tanto ambigua, porque claro, recorrer… podría ser en horizontal también, o describiendo círculos, en zigzag…).

Aislado en su enigmático mundo cerebral, Ramón hacía caso omiso de todo cuanto acontecía a su alrededor y dirigía sus esfuerzos hacia aquella puerta, canalizando hasta la última fibra de su ser hacia su concentración. Se le encrespaban los pelos de los brazos, rizados en el día a día, y las uñas se tornaban rojas. Parecía a punto de explotar, empapado en sudor como estaba cuando, de repente, la cara se le iluminó, se relajó y soltó un sonoro y largo gemido, como de éxtasis.

Ocurrió entonces que salió de su burbuja mental y se percató de lo que estaba sucediendo en el mundo real mientras había estado experimentando todas aquellas sensaciones: varios compañeros, así como un reducido grupo de clientes y varios críos, se habían parado a cierta distancia para observar todo aquello, estupefactos ante los cambios que se sucedían en la cara y el cuerpo de Ramón, no atreviéndose, de hecho, a acercase a él, ignorantes de la reacción que éste pudiera haber tenido de haberlo hecho.

Una vez relajado, la gente congregada a su alrededor salió también de su estupor, mirándose unos a otros, como preguntándose si el hombre estaría enfermo, poseído, o sería un loco peligroso.

Un par de críos, conscientes de que su rol a estas alturas de la vida era el de hacer travesuras, empezó a reírse del tipo, tirándole bolas de papel (pues sí, perfectamente podían llevar mochilas porque estuvieran de paso en su vuelta a casa desde el colegio y, como todo el mundo sabe, en una mochila la gente lleva cuadernos, folios y todo tipo de cachivaches que se usan cuando vas a clase. A esto es a lo que me refiero cuando digo que la gente que cobra por esto debería de ir a la cárcel: seguramente habrían descrito el forro de la mochila, cómo se la habrían descolgado de la espalda, el número exacto de cuadernos y sus colores, si eran grandes, pequeñas, de cuadros, si llevaban libros, estuche... es odioso, tedioso y demuestra que al tipo le pagan por hojas).

A pesar de las burlas de los jóvenes, Ramón permanecía tranquilo, con una calma que sólo se me ocurre describirla como la que uno tiene después de echar un buen polvo (no sé si alguien reconoce la sensación, supongo que sí. Yo lo sé de oídas, claro, pero eso nadie sabe si es cierto o no). El resto del grupo de observadores aún miraban atentos, así que aún no habían llegado al punto álgido de aquel suceso. Y es que, al ver que no les hacía ni puto caso, los chavales, con la inocente malicia de alguien de su edad, se acercaron a hurtadillas por detrás y le dieron una sonora colleja, echando a correr inmediatamente en dirección a la puerta del centro comercial, que continuaba abierta.

Ramón, con toda la paciencia de alguien que se sabe muy superior al resto, esbozó media sonrisa y levantó la ceja derecha, aún sin moverse, lo cual no hizo falta para frustrar la travesura de los jóvenes, que corrían mirando atrás para ver si los perseguía, sabedores de que las puertas continuarían como estaban, como era lógico y de esperar: sin embargo, a menos de dos metros para llegar a ellas, sus hojas se cerraron de golpe, con una maldad tal que recordaba a cualquier película de terror que se precie. El porrazo que se dieron contra las puertas en su huída fue tal que salieron rebotados hacia atrás, trastabillando hasta caer casi a los pies de Ramón, inconscientes.

El grupo de observadores, que aún permanecía en el sitio, quedaron petrificados ante este nuevo suceso, sólo que ahora estaban aún más aterrados. Miraron a Ramón, se miraron entre sí y, como si se hubieran puesto de acuerdo, huyeron del lugar despavoridos, gritando y dejando, al fin, los pasillos vacíos.

Y así fue cómo Ramón probó el poder. Ahí fue cuando se dio cuenta de que ya no había vuelta atrás y que ya nunca volvería a ser un tipo vulgar y corriente como pensaba que había sido hasta ese momento, inocente él.

Si días antes había creído que una puerta le hablaba… ahora había comprobado que todas le obedecían. Doorman no era un sueño. Doorman era una realidad. Y el mundo ya no volvería a ser el mismo.

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