martes, 21 de diciembre de 2010

Doorman 3: Centro comercial.

Hay quienes pusieron en su día una estúpida frase en boca de un superhéroe cansino como Pedro Aparcador que, de buenas a primeras, gracias a un triste picotazo de una miseria de araña (si llega a ir un día de vacaciones a la selva no iba a haber quien le aguantase después) se vio obligado a repetir una y otra vez la tan manida frase de: “un gran poder conlleva una gran responsabilidad”®. Que vamos a ver, si llega a ser un supervillano, la cosa habría sido: “un gran poder es guay y te voy a machacar”, “un gran poder conlleva una gran irresponsabilidad”, “un gran poder es mejor que no tener nada, justo como tú”, “un gran poder me va a traer una cantidad de problemas enorme con la justicia” o, también… “un gran poder no implica un gran querer”, esta última para Supervago (sin ® porque no existe en la realidad: ja, ja, ja).

Con todo, Ramón no estaba del todo seguro de que fuese una buena idea que la gente supiera de sus nuevas habilidades. Sobre todo esa chica que hacía varias semanas que había entrado en su vida. O sea, lo típico: mujer completamente normal física y mentalmente (que las hay que engañan) con la que había empezado a escribirse en internet. 

El tío, un solitario e hipócrita aspirante a ermitaño estaba dando un paseo en lancha de remos por el inmenso océano de las redes sociales, los chats, los foros, obviamente también por las páginas porno, un par de páginas deportivas, más porno, páginas de compra-venta, alguna de merchandising friki, tal vez algo también de porno y así sucesivamente, cuando tropezó virtualmente con una chica de su ciudad, casualmente de su mismo barrio y que, cosas del azar, compraba en su centro comercial. Realmente no fue tan casual el hallazgo. El bueno de Ramón se aprovechó de su condición de vendedor para hacer unas pequeñas trampas cuando la chica había comprado en su sección, grabando a fuego (bueno, escribiendo en un papel) el nombre que aparecía en su DNI y en su tarjeta de crédito cuando ella hacía acopio de varios pares de medias, lo cual despertó en el pobre, inocente e influenciable personaje una serie de sensaciones que no le permitieron permanecer impasible… el resto del día. Anécdotas aparte, el caso es que, después de dar muchísimas vueltas, la encontró en la red casi por casualidad y luego urdió un efectivo plan (que no se va a explicar, evidentemente, porque tiene derechos de autor) para hacer creer a la chica que todo había sucedido de chiripa. Bueno, de acuerdo, a decir verdad, habría que hilar más fino y matizar que realmente no se escribían, pues era él sólo quien lo hacía… y más concretamente mediante “privados” y bajo un seudónimo o, modernamente, con lo que se conoce como "nick": Ramo-Nuko, del que estaba orgullosísimo por su originalidad.

En fin, dejando las genialidades a un lado, la principal cuestión aquí es que, bueno… la tipa le gustaba y se debatía mentalmente entre hablar un día con ella o no. Y, si lo hacía, estaba seguro de que, como buen bocazas, antes o después le soltaría lo de su poder. Y sabía que no debía hacerlo, pues la pondría en serio peligro con ese conocimiento, ya que sus enemigos la usarían para llegar hasta él…

- No, espera un momento, eso no puede ser, como Doorman aún no tengo enemigos. Leer tantos cómics me hace pensar unas cosas muy raras y usar absurdamente frases en absoluto manidas, ejem, aunque seguro que me hacen más interesante cuando tenga fans. – Pensó Ramón.

Con todo, habían pasado ya unos días después de su primer experiencia como portero en los grandes almacenes donde trabajaba. Él mismo había decidido que ésa sería su coartada si alguna vez se le escapase algún comentario. Llegaría, incluso, un día en el que los diccionarios creasen una nueva acepción para esa palabra. Y, al lado, su foto. Una pose digna, con la barbilla alta, mostrando su enorme superioridad, de brazos cruzados, sacando pecho y mirando al horizonte, como si la respuesta, fan mío, estuviera en el viento.
Lo que no cambiaba era su aspecto, la cruz seguía en su frente, recordatorio del día que toda su vida dio un giro de ciento sesenta y pico grados, aproximándose a los típicos ciento ochenta, pero sin llegar. De hecho, siempre se había considerado a sí mismo especial. Aún así, se le ocurrió que podría dejar crecer un poco el pelo para disimular la marca y, además, de cara a esa futura foto, para hacerle parecer aún más interesante. La verdad es que el pelo largo siempre ha quedado muy bien cuando el aire te lo alborota anárquicamente. Y sudor. Faltaría más. El flequillo pegado en la frente, como si terminase de salvar el mundo una de tantas veces gracias a su esfuerzo y dedicación.

- ¡Pardiez, las mujeres no dejarán de adorarme! – Saboreaba el ingenuo soñador.

Todo sucedía con normalidad en su trabajo y, en general, en su vida. Después de cada jornada, iba a su casa, como siempre, y practicaba sus nuevas capacidades, además de pensar en qué más cosas sería capaz de hacer, si es que hubiera más. Incluso se planteó la remota posibilidad de salir a correr, hacer abdominales, algo de pesas, tal vez… e incluso empezar alguna pequeña dieta para volver a los tiempos en que estaba un poco más en forma. En ninguna cabeza cabía que un superhéroe estuviera fondón, que se agotase con el primer esfuerzo y que no pudiera terminar con éxito una hipotética persecución de un malhechor, porque sería el hazmerreír del gremio. Así pues, cogería la sartén por el mango y su vida volvería a cobrar sentido.

Se acercaban las navidades y, como siempre, la gente abarrotaba el centro comercial. Y más ese año, que habían llegado muy frías, con bajas temperaturas, nieve, lluvia y viento, con lo que la gente aprovechaba también para comprar más ropa de abrigo y, extrañamente, muchas conservas en alimentación, como si temiesen que pudiera suceder algo gordo (eso pasa por ver tantas películas de zombies y de catástrofes).
Ese día, Ramón estaba en el turno de la tarde y ya no quedaba mucho para terminar la jornada. De hecho, el hombre ya estaba limpiando los expositores, haciendo algo de tiempo antes de empezar a recoger. Había tenido bastante trabajo durante el día, con un montón de clientas de todo tipo, desde la señora mayor que da mucho por culo revolviéndolo todo y que termina llevando siempre lo mismo (y en color carne) hasta la jovencita que compraba lencería asombrosamente picante para lo que quién sabe que hiciera en su vida privada… pero quién pudiera ser tan afortunado de verlo y vivir para contarlo sin ataques al corazón o severas jaquecas, pasando también por las maduritas que renovaban su vestuario íntimo para sentirse más coquetas y atractivas para sus parejas. Por cierto, que de estas últimas había leído algo también en internet: las llamaban “milf”, aunque quién sabe lo que eso significaría. Tendría que informarse en la red pero, desde luego, tenía pensamientos impuros con esas madres. Fueran o no fueran madres, por supuesto.

Pues limpiando y pensando en cosas de esas estaba, cuando sintió cómo el griterío normal de los pasillos aumentaba de volumen. Supuso que se trataría de alguna oferta de última hora, cosa que solían hacer como reclamo y también para deshacerse de material que se vendía poco, al menos una o dos veces a la semana, pero se sintió intrigado porque había algo raro en las voces de la clientela. Y más, cuando comenzaron los gritos de terror y de pánico. Algo grave sucedía, algo del todo inesperado, como las tres pequeñas explosiones que se escucharon a la altura de la sección de electrónica. Momento en el cual, una oleada de gente, huyendo de aquella zona, se aproximaba corriendo hacia la salida que había junto a la suya, todos empujándose unos a otros, sin importarle a nadie las personas que caían al suelo, todos presa de una histeria y un pavor que jamás había visto.

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