sábado, 5 de febrero de 2011

Doorman 6: Día de mercado.

Es posible que no exista el crimen perfecto, ¿quién sabe? Lo que sí es seguro es que no tiene por qué haber investigadores perfectos para todo tipo de crímenes. Quiere esto decir que, en fin, quizá si hubiera un asesinato múltiple, un macabro asesino en serie suelto, una organización terrorista implicada en atentados, un experto ladrón inalcanzable o algo por el estilo, todo el mundo se pondría a trabajar en ello y se emplearían a fondo los más competentes en la materia y todo tipo de gente que de alguna manera pudiera dar un enfoque diferente a los modus operandi, a la psicología de los criminales o cualquier otro aporte que se pudiera , teniendo en cuenta la cantidad de ejemplos que hay, mismamente, en las series de televisión. Cualquier esfuerzo sería válido, incluido hasta el más ridículo. Por todo eso no es de extrañar que el aparentemente llamativo robo en el centro comercial lo investigara un par de detectives de poca monta y un chico que estaba en prácticas.

El caso en sí tenía su miga y los autores no habían reparado en ideas para que no se les pudiera descubrir, lo cual no hacía en absoluto fácil aquella tarea. Se habían preocupado de inutilizar las cámaras del centro sin que se les viera en ningún momento, de reducir a los guardias de seguridad, de pasar desapercibidos entre el resto de clientes y de introducir los artefactos que hicieron explotar sin que se notase nada extraño. De lo único que los detectives estaban completamente seguros es de que, al menos, había cuatro malhechores; a lo sumo, cinco. Quizá dos para el tema de las cámaras y los guardias y otros dos (o tres) para la ejecución del robo en sí, incluyendo las detonaciones.

Por lo demás, pocas pistas más se podían obtener, pues no se habían encontrado tipo alguno de huellas y los restos de las botellas de plástico no llevaban a ningún lado, pues eran modelos muy comunes y los ingredientes de tan suculento cóctel se podían conseguir en cualquier lado y de cualquier y anónima manera.

Así pues, no tardaron mucho tiempo en conceder que el caso quedaría en un punto muerto a no ser que volviese a ocurrir algo parecido en alguna otra parte. Sólo quedaba la posibilidad de que los ladrones cometieran el error de tratar de colocar el material en la calle todo a la vez, lo que haría que llamase demasiado la atención. No obstante, con las molestias que se habían tomado en el plan, no era muy probable que algo así fuera a suceder.

Además, el encargado no pudo aportar apenas nada, salvo una muy vaga descripción de su atacante que, en sus propias palabras, “ni era alto ni bajo y tampoco parecía muy fuerte, pero tampoco se le veía debilucho. Y ni siquiera me dijo nada, sólo me amenazó y me pidió las llaves de la puerta trasera mediante gestos”.

Porque ésa es otra. Se ve que, de la que entraron a las oficinas para reducir a los guardias, capturaron a su paso a Carámbano, al que mantuvieron callado mientras se encargaban de dormir al resto y luego lo emplearon para salir por la puerta trasera.

Podría decirse que los detectives habían llegado a la conclusión de que los atacantes sabían qué se encontrarían allí dentro, pues en esos momentos, que coincidía con la hora del bocadillo, no había nadie en el resto de cubículos. Lo que no se terminaban de explicar era como, pese a tomarse tantas molestias en la operación, habían dejado la puerta de la entrada a las oficinas abierta, tal y como les había explicado Ramón cuando le preguntaron por todos los detalles que recordase.

Y había otro detalle que no les pasó por alto, pero para el que no habían encontrado aún explicación: para poder cerrar las puertas y las persianas metálicas del centro comercial, había que introducir un código numérico que sólo Carámbano conocía, en el cuadro de mando que estaba en la pared, fuera de las oficinas, y él juraba que en ningún momento había ido hasta allí. Y que, de hecho, el cierre se llevó a cabo cuando él ya se encontraba fuera del centro comercial. Si aquello había sido obra de los atacantes o no, seguiría siendo un enigma hasta que les dieran caza. En cualquier caso, todo aquello les llevaría un tiempo largo y toda la imaginación de sus precarias mentes, acostumbradas a lidiar con casos más sencillos ya que aquella no era una ciudad especialmente conflictiva.

Durante el tiempo que duró la investigación, las cosas en el centro comercial habían vuelto a la normalidad. Se había emitido un comunicado oficial en los medios de comunicación en el que se hablaba de un fallo eléctrico que había tenido como consecuencia la avería en varios aparatos que originaron un cortocircuito y que, a su vez, había desencadenado tres pequeñas explosiones, pero que ya se había reparado la avería y se habían tomado las medidas apropiadas para que no pudiera volver a ocurrir. Medidas completamente fiables, certificadas por una empresa externa y todos esos procedimientos burocráticos orientados a asegurar el correcto funcionamiento del sistema, tanto en el papel como en la parte práctica.

La cosa es que todo había vuelto a la normalidad y la clientela había ido apareciendo poco a poco hasta que, en menos de una semana, prácticamente se había olvidado todo el mundo de lo que había ocurrido.

En cuanto a Ramón, él también había dejado un poco aparcado el tema, pues no era él un tipo al que le gustase obsesionarse con algo que no fueran las mujeres. Había escogido lo más sencillo, que era volver a su trabajo en la sección de lencería, con el desfile continuo de damas y damiselas en busca de sus prendas más íntimas y de los consejos de un hombre para resultar más coquetas o para sorprender a sus parejas. Llegados a este punto, cabría decir que Ramón era un Gran Profesional, en mayúsculas, y que jamás hasta entonces (y para continuar así) había intentado flirtear con sus clientas (lo de aquella que le gustaba y que guardó su nombre para buscar por internet no contaba), a pesar de esa vocecilla que todo el mundo oiría en su cabeza diciéndole: “¡hazlo, hazlo!”

Sobre el tema del robo y demás, a veces en casa le daba alguna vuelta para ver si podía llegar a alguna conclusión, pero nada más, sobre todo porque siempre estaba muy ocupado con sus cosas, fueran cuales fueran y que ahora no vienen a cuento (ahora, más tarde será otro cantar). Ni siquiera lo había vuelto a comentar con Paloma.

Por su parte, a ella le habían dado un par de días de baja por el golpe y todo lo sucedido y, cuando había vuelto a trabajar, apenas se habían dirigido la palabra, tal y como había sido hasta entonces. Realmente nunca habían tenido trato. No es que lo ignorase por alguna razón en concreto, simplemente era que cada uno tenía su vida y también unos compañeros con los que se trataban más y pocas veces antes habían interactuado entre ellos.

Sí hubo un día que amaneció muy soleado y se encontraron fuera en el descanso que tenían para el bocadillo, pero simplemente tuvieron una conversación trivial, de esas que luego uno se siente igual de vacío que antes de haberla tenido. Hablaron del tiempo, él le preguntó cómo se encontraba por el golpe, comentaron cómo estaban yendo las ventas en ambas secciones y en general… pero nada más. Después, cada uno se había ido a atender sus asuntos.
Fue pasando el tiempo y el suceso fue quedando más y más en el olvido, hasta tal punto que los casos que les correspondían a la pareja de detectives (y al novato) se les iban amontonando, relegando día a día al del centro comercial al puesto más alejado del principio de la pila, tanto por relevancia, como por importancia y, sobre todo, porque seguían sin encontrar una buena pista. No había duda de que el caso se iba a dar pronto por perdido o, en cualquier caso, lo acabarían tratando de ignorar.

Un fin de semana, casi un mes más tarde, iba Ramón por la calle dando un paseo, aprovechando que esa mañana hacía calor y el cielo estaba despejado. Hacía ya tiempo que no salía los fines de semana por las noches, con lo que despertaba con mucha más gracia al día siguiente y podía madrugar, lo que aprovechaba para ir a hacer ejercicio al parque que había cerca de su casa. Después se permitía ir a tomar algo por ahí, antes de comer, así que ese día tocaba. Acababa de estar con un par de amiguetes que hacía tiempo que no veía y, después de haber dado cuenta de un par de cervezas en una terraza, se habían despedido prometiéndose la llamada de rigor para quedar un día con más tiempo… y que todo el mundo sabe que nunca se hará (otra de tantas convenciones extrañas que se emplean para ser “correctos” y educados).

Iba por ahí sin rumbo fijo hasta que se acordó de un mercadillo que había en la zona vieja de la ciudad el primer fin de semana de cada mes. No tenía prisa ni nada que hacer, así que se dirigió hacia allí, a ver qué encontraba.

Era un mercadillo de lo más variopinto donde se mezclaban comidas de diferentes zonas de la región, ropa, artesanía, música y literatura, con cosas más mundanas como chatarra, herramientas, antigüedades y coleccionismo en general. Desde hacía relativamente poco tiempo, también habían ido apareciendo cosas más modernas como aparatos electrónicos (desde telefonía móvil y reproductores de audio o video hasta cualquier cosa relacionada con la informática: software, hardware, periféricos…). Ocupaba una plaza enorme, un parque y un par de calles adyacentes que se cerraban al tráfico y absolutamente todo se llenaba de puestos y de gente. El ruido que se generaba en aquella zona de la ciudad durante el mercado era ensordecedor, y el tránsito era harto complicado. Pero, aún así, cada vez acudía más y más gente de todas partes, siempre dispuesta a rebuscar y encontrar chollos y gangas, ofertas y… bueno, cualquier cosa que a uno le pudiera interesar.

Porque, además del mercado físico que allí había, sabiendo dónde buscar, se podían encontrar muchas más cosas que no estaban necesariamente a la vista. Es evidente que todo este “rastrillo” era bastante exclusivo, lo suficiente como para que las autoridades no pudieran conocerlo ni localizarlo, pero cualquiera que fuese discreto y serio podía acceder a él. Allí se podía encontrar gente que ofrecía cosas bastante corrientes y a buen precio, pero que resultaba ser, a su vez, una especie filtro o tapadera, para saber si se podía confiar en el supuesto cliente. En cuanto se superaba esa “prueba”, todo un mundo de artículos robados, nuevos o no, se abría ante quien desease hacerse con buenos productos a excelentes precios, siempre y cuando no importase la procedencia ni el hecho de no existir tipo alguno de garantía en los mismos. Evidentemente, todos estos artículos no estaban físicamente en el mercado, y el sistema para adquirirlos no era sencillo pero, irónicamente, era la manera más fiable de comprar algo bueno de verdad.

Ramón había oído hablar no hacía mucho tiempo de un bolígrafo que era la hostia, pues lo que escribías con él en un papel, automáticamente pasaba al ordenador, sin falta de teclear y pudiendo disfrutar de su propia caligrafía en documentos. Se le había ocurrido que le podría ser muy útil para tomar notas y apuntes de todos sus progresos con los superpoderes, para tenerlos todos recopilados y poder estudiarlos. Pero lo había estado buscando en un montón de tiendas y, donde lo conocían, que no era en todas partes, no lo tenían. Hacía semanas que se habían agotado en todas partes y no se sabía cuándo lo repondrían, ni siquiera el propio fabricante. Aprovechando que en aquel mercado parecía haber de todo, se acercó a los puestos en los que podría haber posibilidades, pero no estaba teniendo tampoco suerte allí.

A punto había estado de darse por vencido cuando escuchó por detrás una voz que parecía dirigirse a él.

-         ¿Te gusta el Iris?

-         ¿Cómo? ¿Disculpe? ¿Qué si me gusta Iris? ¿Quién es Iris?

-         No, le he preguntado si le gusta “el Iris”. El Iris Notes ®. ¿No es lo que ha estado usted buscando en esos puestos?
-         Eh… sí, sí, pero… ¿me ha estado siguiendo? ¿Quién es usted?

-         Bueno, hombre, eso no importa. Verá, yo le puedo conseguir ambos. El normal y el ejecutivo.

-         ¡Vaya, eso sí que es una sorpresa porque parece que hayan desaparecido todos de la faz de la tierra! ¡Ni en Internet se consiguen!

-         ¿Quién sabe? Se habrán puesto de moda… El caso es que yo tengo. Y se los puedo dejar a buen precio, si le interesa.

-         Pero…

-         Sí, adelante, pregunte lo que quiera.

-         ¿Dónde tiene…?

-         Bueno, bueno, acompáñeme un momento y le sacaré de dudas.

Estuvieron caminando un rato, saliendo por la otra punta del mercado y luego doblaron una esquina y se metieron en un callejón poco transitado. Decir que Ramón se estaba poniendo un poco nervioso ante la perspectiva de un atraco, una paliza o algo parecido era quedarse bastante corto, pero el tipo se dio cuenta y de inmediato lo tranquilizó. Además habían llegado a la entrada de un viejo y muy sucio taller, abierto a pesar de ser fin de semana. Entraron y vieron a un hombre mayor, vestido con una funda y lleno de grasa y aceite, que estaba desmontando el motor de un destartalado coche rojo, casi imposible de identificar. Alzó la vista, vio a la pareja y gruñó, sacudiendo la cabeza, y les hizo un gesto indicándoles la parte de atrás del taller.

Hacia allí se dirigieron, pasando entre otro par de coches, montones de piezas y chatarra, hasta que llegaron a una puerta. El individuo que le había llevado hasta allí llamó varias veces y espero. Al momento, se escuchó el sonido de varios cerrojos abriéndose y, por último, la propia puerta.

Cuando entró, Ramón se quedó completamente impresionado. No sólo por lo grande que era y lo limpia que estaba aquella estancia, lo cual parecía imposible siendo parte del taller del viejo… sino por el material que había allí perfectamente almacenado y ordenado. Había de todo y se veía completamente nuevo. Cámaras de fotos, de video, portátiles, teléfonos de última generación, los últimos modelos de las más impresionantes pantallas de televisión, equipos de sonido para casa, para el coche… Parecía la sección de Paloma en el centro comercial, pero a lo grande. Y, detrás de una mesa, al fondo, había un tipo hablando con otras cuatro personas más. Se dirigieron hacia allí tranquilamente, aunque la verdad es que, por dentro, Ramón era todo un manojo de sensaciones. No tenía ni idea de cómo esa gente podía tener todo eso allí sin que nadie se enterase. De hecho, ¿cómo podía ser que nunca hubieran elegido mal al comprador y que resultase ser un policía de paisano o algo parecido? O un chivato. Incluso tal vez un ladrón que se hubiera dado de bruces, de repente, con un tesoro en bruto, listo para ser rescatado. Era increíble.

Pensando en todas estas posibilidades llegaron a la mesa, donde el hombre que la presidía despidió con un gesto a los cuatro con quienes había estado hablando después de haberle dado un fajo considerable de billetes a uno de ellos. En ese momento, Ramón se percató también de la presencia de dos armarios empotrados que bien podían haber pasado por estatuas, pero que respiraban tranquilamente en las esquinas de la pared del fondo, a distancia prudencial del que parecía manejar el cotarro, pero no lo suficiente lejos como para no poder encargarse de cualquier tipo de eventualidad y asistirlo. De paso, desde donde se encontraban, también controlaban que nadie se pudiera pasar de listo por los pasillos, entre las estanterías repletas de mercancía. Fue el tipo el primero en hablar.

-        Bien, ya veo que la fortuna te ha sonreído y que has conocido mi “tienda”. Por aquí me conocen como Salomón. ¿En qué puedo ayudarte?

-         Bueno, yo… no estoy muy seguro de qué hago aquí, la verdad. Estaba en el mercado buscando algo por curiosidad y su hombre me trajo aquí.

-         A eso nos dedicamos, don…

-         Ramón.

-         … don Ramón. Usted busca algo y nosotros lo encontramos para usted.

-         Pero, permítame el atrevimiento, su mercancía…

-         … no le parece legal del todo, ¿verdad? No se preocupe. Tiene usted toda la razón del mundo. Material robado, de contrabando, falsificaciones… La idea es que, para tener dinero que puedas poner en circulación, lo primero que hay que hacer es conseguirlo de alguna manera y, luego, blanquearlo. Seguro que también se ha preguntado cómo es que nadie nos ha venido a cerrar el negocio, aparentemente. Pues la razón es muy simple: fíjese en los precios de mis artículos. ¿Quién le diría que no a cualquiera de ellos costando tan poco? Aquí todos ganamos, don Ramón, y la gente no es idiota. Por supuesto que ha venido la policía por aquí, pero ya ve, seguimos al pie del cañón.

-         Lo que no acabo de entender es por qué tomarse tantas molestias para mostrarme su negocio por algo tan insignificante como un bolígrafo como el que busco.

-         Me gusta usted, don Ramón, es un hombre que piensa. Y tiene razón, por supuesto, no nos hemos hecho grandes a base de vender bolígrafos. Ni siquiera por vender tres o cuatro pantallas gigantes de televisión. Pero sabemos dónde trabaja usted y podría sernos muy útil, llegado el momento. No, no piense mal, no le pediríamos que robara para nosotros o algo así. Con un poco de información extra nos sobra para manejarnos por nuestra cuenta. Y… ¡oh, vamos! ¿A qué viene esa cara de incrédulo? ¿Pensaba que estas cosas sólo ocurren en las películas o en las novelas?

-         Sin palabras me ha dejado, señor Salomón, no esperaba nada de esto, claro…

-         Tranquilo, amigo, no se preocupe por todo esto que le estoy diciendo. Mire, esto es lo que vamos a hacer: usted buscaba un artículo. Perfecto. Mi hombre se lo traerá ahora mismo y yo se lo regalo. Así de simple. Y no hace falta que me conteste si le interesa lo que le he contado. Ya nos pondremos más adelante en contacto con usted. De hecho, estoy completamente seguro de que le sorprenderá la forma en que lo vamos a hacer.

-         De eso no me cabe duda, por lo que estoy viendo.

-         Pierda el miedo, don Ramón, no somos matones ni una banda de Baltimore. Ni siquiera una organización internacional de traficantes. En tiempos de crisis cada uno se busca la vida como puede. Ya ve que ésta es una manera más. Y voy más allá. Aún recuerda lo que pasó en su centro comercial hace cosa de un mes, ¿verdad? Aquellos chicos eran unos aficionados y a punto estuvieron de meter bastante la pata pero, mire, ¿ve lo que hay en esa estantería de ahí? ¿Le suena de algo?

Al poco rato, el hombre que lo había acompañado hasta allí y del que todavía no sabía su nombre, apareció con el Iris Notes® en la mano. Mientras se lo entregaba le dijo:

 -         Aquí tiene lo que buscaba. El modelo ejecutivo, por supuesto. Merece la pena, la verdad. ¡Cójalo, hombre, que es un regalo, de verdad! Sin trampa ni cartón. Y, como le ha dicho el señor Salomón, piense si le interesa entrar en nuestro círculo de una manera sutil, sin falta de implicarse apenas.

-         Otra cosa más antes de que se vaya – dijo Salomón -. Como le dije antes, usted parece un hombre inteligente. Y tal vez se pregunte también cómo, si sabemos tanto de usted, le pregunté su nombre. Era tan sólo una pequeña prueba. Para ver qué respondía, ya sabe. En fin, mi hombre le acompañará fuera. Ha sido todo un placer. Ojalá nos volvamos a ver pronto para hacer negocios. Que tenga un buen día.

-         Adiós…

Una vez fuera, volvieron a atravesar la toda la chatarra y a ver al viejo mecánico, que seguía a lo suyo, ignorando a todo el mundo. Ya en la calle, el hombre que lo había acompañado hasta allí le preguntó si deseaba que lo llevara a alguna parte, oferta que Ramón, aturdido por todo lo acontecido, declinó, alegando que le vendría bien caminar un rato para despejar. Desde luego, necesitaba hacerlo. Y pensar en todo aquello con tranquilidad. ¡Qué locura…!

2 comentarios:

¿Sabes lo que es el feedback? Pues deja un comentario, carajo.