martes, 1 de marzo de 2011

Doorman 7: Colegas.

Para Acu, un amigo de puta madre de esos que siempre están ahí.


A aquel domingo le siguió una semana muy larga. Todo lo acontecido en los últimos días había sido mucho, pero lo que había ocurrido en el mercado estaba pasándole factura a Ramón. Le costaba concentrarse en su trabajo y no había podido seguir progresando en el estudio de sus extraños poderes, que parecían haberle abandonado.

Él mismo se enfadaba cuando se daba cuenta de que estaba pensando en la propuesta de Salomón. Si bien era cierto que aquello podía generarle bastantes beneficios, no lo era menos el hecho de que también conllevaría una serie de riesgos y compromisos de los que difícilmente luego podría escapar, al menos, sin consecuencias. Cualquiera sabe que esa otra parte de la ley tiene unas reglas no escritas sumamente perjudiciales para la salud, cuyos efectos no desaparecen tomando sobrecitos de colores vivos y sabores que, a pesar de tantos avances científicos, aún van desde el repugnante hasta el horrible, pasando por el “esto no hay quien se lo tome”.

En el trabajo, más de lo mismo, la rutina de siempre. Ni siquiera una anécdota que comentar, nada relevante sucedía en el mundo que pudiera desembocar en un pequeño debate con los compañeros en el descanso, ninguna competición deportiva lo suficientemente interesante como para rellenar silencios incómodos con tópicos o con pullas contra los vencidos o los árbitros. Visto de esa manera, casi parecía un buen momento para suicidarse, pero simplemente se trataba de tener un poco de paciencia y esperar tranquilamente puesto que, antes o después, siempre terminaría sucediendo algo que rompiese la monotonía. De hecho, en poco menos de un mes empezarían a llegar los suministros para la campaña de navidad, así como los adornos, los carteles, los uniformes rojos que les obligaban a usar… y toda esa serie de porquería navideña que vuelve boba a la gente.

Siguieron pasando los días, con la novedad de que, poco a poco, mientras Ramón recuperaba el control de todo el desorden de su mente, su “afinidad” con las puertas volvía a responderle, cosa que le animaba a seguir aplicándose para descubrir nuevas formas de emplear el don. De entre todos sus progresos, el hecho de que ya no le costara horrores comunicarse con ellas y que no quedara exhausto en el proceso, era lo que más satisfecho le había dejado, y todo lo había estado apuntando concienzudamente con su nuevo bolígrafo digital, origen de todos sus rompederos de cabeza, en un cuaderno negro de tapas suaves que hacía poco le habían regalado. Por las noches, rendido, caía profundamente dormido en cuanto se echaba en la cama.

Con todo el tiempo que había transcurrido desde el suceso del centro comercial, que iba casi para los dos meses, a nadie le parecía extraño que ya no se les viera el pelo a los detectives que habían llevado el caso y, de hecho, tampoco era un tema de conversación que surgiera entre la gente que trabajaba allí. Era como si nunca hubiera sucedido nada. Y pensando en esto estaba, precisamente, Ramón, un día que salió a tomar un café a la calle en uno de los descansos y se encontró, de frente, a Paloma.

- Hola, Paloma, ¿qué tal? ¡Caray, parece como si ni siquiera trabajásemos juntos! ¡Nunca nos vemos!

- Ah, hola, Ramón, ¿cómo te va? Pues yo bien, por aquí, tirando…

- ¿Te apetece…?

- Uy, qué va, lo siento, no puedo, estoy muy liada ahora.

- ¿… un café? Bueno, nada, otra vez será.

- Hasta luego, Ramón.

- No, si del nombre, al menos, te acuerdas…

- ¿Eh?

- No, nada…

Y así iban pasando los días. No es que el tipo no tuviera vida propia fuera del trabajo, no. Claro que la tenía. De vez en cuando se juntaba con colegas de siempre. No lo hacían tanto como les apetecería, pero ya se sabe que las circunstancias de la vida imponen unos ritmos normalmente diferentes a los que uno se había planteado con antelación, y que terminan arrasados por otros que no habían sido tenidos en cuenta. Tal vez por eso, también es cierto, cuando coincidía con su vieja pandilla, se lo pasaban tan bien así que, al menos, tenían eso. De todas formas, las jornadas de trabajo eran bastante abusivas y, teniendo horario partido en el centro comercial, las quedadas se reducían prácticamente a los fines de semana. Y no todos, claro, pues si no había niños había parejas, o familia, o… en fin, lo normal que le puede ocurrir a cualquiera.

Un día que había salido pronto de trabajar llamó a uno de los amiguetes del grupo con el que se veía más a menudo y con el que tenía más trato, y quedaron para ir a casa de Ramón. Esa noche daban un partido por la televisión y, como había terminado de recoger pronto, le había dado tiempo a pasar por la tienda para comprar unas delicatessen y preparar una de esas cenas tan nutritivas, suculentas, dietéticas y prácticamente a la plancha que a nadie le gusta preparar de vez en cuando: las frituras. No hace falta decir que las tiendas de congelados son las grandes derrotadas en la vertiginosa carrera hacia las frivolidades y las micro-comidas de mil adornos que tanto daño están haciéndole a las grasas y al colesterol, pero siempre ha sido necesario partirle una lanza en la cabeza al tonto que inventó éstas últimas.

El caso es que el colega con el que había quedado ese día era el último bastión vivo y conocido que compartía con Ramón la angustia y el sufrimiento de ver el mundo enteramente dominado por las mujeres y sus cuidadosamente tejidos hilos de supremacía y, lo que era peor, bajo la inoperante mirada de los perros falderos que se creían sus semejantes, pero que no eran más que pobres siervos de su poder. Esto, sin embargo, no significaba que ninguno se dejara poseer de vez en cuando por las tentaciones femeninas, claro está, pero venía a ser como Blade®: el tipo es medio vampiro y tal, pero con unas sustancias que seguramente darían positivo en un control anti-doping, evita prácticamente el caer en el lascivo lado oscuro de la sangre, muerte y lujuria de los chupasangres. Prácticamente lo mismo. Con todo, les encantaba sentarse a debatir largo y tendido sobre cómo deshacerse del yugo opresor de las guerreras amazonas sin perder las neuronas en el intento… y también de cosas infinitamente más complejas, como por ejemplo, si freír antes las croquetas o los aros de cebolla, para que no se mezclasen luego los demás deliciosos sabores del resto de manjares, tales como los calamares, los nuggets… el sueño de todo buen y exquisito paladar.

Cuando el amigo llegó al piso aún quedaba un rato para que diera comienzo el partido, así que lo primero que hizo fue meter la cerveza en la nevera. Decir que un encuentro entre colegas no es tal si no hay cerveza, de eso no cabe duda. Es más, no hace falta que nadie lo mencione siquiera, porque llevar cerveza a casa de los amigos es algo que se da por supuesto. Negarlo es como negar la existencia misma de los peces o de los políticos, por poner un par de ejemplos. Después de eso, fue a la cocina para ayudar a preparar el tema alimentario con Ramón, que ya lo tenía allí todo dispuesto. Por fortuna para los comensales, la logística de días pasados había tenido previsto cualquier imprevisto por lo que, mientras enfriaba la nueva remesa de delicioso zumo de cebada, una nueva, gran y fría botella estaba en la mesa, hermosa y reluciente, cual doncella sacrificada a los dioses como en los cuentos de Conan®, ese otro gran tipo de la Historia que enseñaba la Verdad allá por donde él y su enorme espada pasaran.

Por lo tanto, llenaron sendas jarras de barro, alzó cada uno su cáliz y, como si hicieran golpear el yunque con el martillo, esgrimieron y chocaron sus etílicas armas mientras rugían: “¡POR LOS DE SIEMPRE!”, acompañados por el retumbar de un trueno en lontananza. Saben los dioses (si existen) que no hay momento ni ritual que hermane a dos seres humanos como este. Momento, también, que aprovecharon para controlar el aceite, que ya echaba los primeros hilillos de delicado humo, instante crucial para debatirse entre echar apresuradamente los ingredientes a la sartén o huir ante la tragedia en ciernes. Pero eso no podría pasar aquí, delante de dos experimentados cocineros.

Al cabo de un rato pequeño de tiempo, toda la pitanza estaba ya lista para poner a prueba los delicados estómagos de los hambrientos comensales, puntual ante el pitido inicial del árbitro del partido, que había tenido a bien dar paso al juego a la vez que a la cena (casualidad o no). Así mismo, una fina película de excelente aceite de girasol se repartía armoniosa sobre la zona de operaciones, asegurando así la impermeabilidad del mármol, de los azulejos y del suelo, y evitando que agentes externos dañasen las lisas superficies originales, cosa que, incomprensiblemente, vienen luego las entendidas a llamar suciedad, porquería, dejadez o quién sabe cuántas descalificaciones injustas más. Suerte que él vivía solo y no tenía novia.

Durante el partido, que estaban viendo en la sala del fondo (pero no muy al fondo, pues el pisito no tenía más de cincuenta y cuatro metros cuadrados… si los tenía. Y lo del fondo, era según se mirase desde la cocina o desde la entrada), hubieron de valerse de una improvisada mesa a base de sillas y cartones, pues tan triste era la vida de Ramón, que ni tiempo tenía casi nunca para acercarse a cualquier mueblería o contenedor (pagando o sin pagar) para adquirir algo más decente. En realidad sí lo tenía, pero nunca se acordaba de estas minucias hasta que le hacían falta, momento idóneo para lamentarse y echarle las culpas a la vida, al trabajo… y, por qué no, también para esto se podía incluir en la responsabilidad a las mujeres. Como detalle, visto desde el exterior, se podría apreciar que el lugar más privilegiado de la estancia no era para la gran pantalla de televisión, sino para el pedestal que sostenía en alto el portátil con el que apostaban en vivo desde internet, ese invento demoníaco creado por los dioses del vicio y del pecado, tentadores y perniciosos entes supremos que te quitan y te dan el placer a su antojo, pese a que uno ponga todo su empeño en cada empresa en la que se aventure. Y es que creían firmemente que no había nada como apostar para que un partido cobrase otra dimensión de entretenimiento e interés.

Con todo, el partido iba bien para sus fines, la comida iba bien para saciar su antojo y la bebida iba fenomenal para la sonrisa fácil. Todo eso antes del descanso. ¿Qué más se podía pedir? Sí, más cerveza. El problema es que ya la habían terminado toda, así que esperaron a que terminase el primer tiempo para bajar al bar a por más. Entretanto, mataban el tiempo hablando de sus cosas, comentando las novedades dentro de todos los círculos de amistades en los que se movían y charlando sobre el trabajo y la vida en general. Ramón no lo había planeado así. De hecho, ni siquiera se lo había llegado a plantear, pero luego lo pensó mejor y le contó al otro Ramón (sí, el otro tipo también se llamaba Ramón, pero todo el mundo lo conocía por “Flaco”) el tema del mercado. Le habló del tipo que se le presentó primero entre los tenderetes y de cómo le había llevado luego al garaje del viejo, donde conoció a Salomón y consiguió el bolígrafo. Lo que no le contó fue lo que le ofrecía éste, pero sí que le describió bien la especie de almacén de, a todas luces, material robado.

- Pero bueno, tío, cada vez que bebes cerveza es la misma historia: empiezas a hablar y no hay manera de que pares. ¡Mira qué película me estás contando!

- ¡Joder, pero si es como te lo cuento! ¡Alucinas! ¡Estaba tan tranquilo en el mercado, donde las pijadas para los ordenadores y se me acercó el fulano preguntándome si andaba buscando el Iris Notes® de marras!

- Vale, eso hasta podría ser posible porque te estuviera escuchando mientras preguntabas por él en los puestos, pero de ahí a toda la historia del garaje… ¡Anda, baja ya a por las cervezas, que me estoy quedando seco!

- Buf, tío, te lo digo en serio: esa mierda me ocurrió de verdad. Mira, ya sé lo que podemos hacer. ¿Vas a ir a algún lado el domingo? Pues quedamos y te lo demuestro. Y así aprovechamos y pasamos a comer el menú donde Jorge, que hace tiempo que no voy.

- Bueno, vale, ese plan ya me gusta más. Aunque a este paso vamos a reventar de tanta comilona. Habrá que salir a correr el doble de días la semana que viene para equilibrar.

- Esto… ¡Sí, claro! ¡Hecho!

- Y ahora, a por la cerveza. Ya le voy echando un ojo mientras tanto al resto partidos, peliculero.

- ¡Bueeeno, vaaale! ¡Pero controla, que estamos casi sin saldo!

Haciendo uso del refranero, alguien dijo alguna vez que la avaricia rompe el saco. Y luego mucha gente lo ha venido repitiendo a lo largo del tiempo. Pues bien, se ve que todavía hay gente que no lo ha aprendido del todo bien, con lo que, después de volver con la cerveza y beberla, de terminar de cenar, de sufrir con el cambio drástico en el marcador del partido y de quemar las últimas velas a la desesperada con otro par de partidos que se estaban jugando a la misma hora, el caso es que fulminaron todo el dinero que les quedaba en la cuenta de las apuestas y no acertaron nada. Entre eso y lo pegajosa que estaba la cocina cuando se puso a recoger, Ramón terminó por recuperar la sobriedad esa noche y el Flaco terminó marchándose tras el partido con la esperanza, al menos, de que el menú del domingo en el “Mesón Riachuelo” no tuviera fideuá de primer plato.

Más monotonía mediante, la semana siguió pasando también con la habitual calma, salvo por los planes de los Ramones para el día en que, por tradición, habría que ir a misa. Sería interesante ver la cara del Flaco cuando viese el berenjenal que tenía montado Salomón en aquel local inimaginable y, en cambio, a la vista de cualquiera. Es como las chuletas en los exámenes: cuanto menos se disimule y se intente ocultar, más difícil es que te cacen con ellas.

El domingo llegó y, como era habitual cuando no tenían algún tipo de compromiso con alguna mujer, conocida o sin conocer (todo dependía de la noche anterior y lo que en ella aconteciera), ambos madrugaron para ir a correr un poco por la mañana, excusa también para planificar el resto del día. La diferencia entre ambos solía ser que, al menos uno de ellos, se tomaba muy al pie de la letra lo de “correr un poco”, mientras que el otro se emocionaba y derrochaba la sagrada energía vital como si le pusieran una pistola en la cabeza obligándole a hacerlo. El resultado final, no obstante, era el mismo para los dos: cansancio. Tras lo cual, cada uno pasó por casa a pegarse una ducha y acto seguido, de nuevo a la calle, para tomar un par de cañas y bajar al tema del garaje.

Hacía bastante sol ese día y todo el mundo estaba en la calle paseando, en las terrazas o en los parques con los niños y, por supuesto, en el mercado. Había, incluso, mucha más gente que la última vez que bajó. Como se habían entretenido un poco tomando la cerveza, decidieron ir directamente a la zona donde Ramón había hablado con el hombre de Salomón, para tratar de localizarlo. Por allí estuvieron un rato, pero no había rastro alguno del tipo. Después de un rato dando vueltas y, viendo que la maniobra no estaba resultando muy efectiva, Ramón desistió y se lo comentó al Flaco.

- Joder, tío, no lo entiendo. O sea, por aquí fue donde me tropecé con el fulano el otro día, pero lo mismo hoy no vino por aquí o algo.

- Sí, o también puede ser que esté malo y haya pillado la baja, ja, ja. Anda, que no pasa nada, vamos hasta el Riachuelo, que a esta hora todavía pillamos mesa para darnos un homenaje.

- Que no, que no, que yo no quedo como un mentiroso ahora. Ya sé lo que vamos a hacer. Te llevo hasta el garaje y compruebas tú mismo que todo lo que te dije es verdad. Puede que este pollo no esté porque haya acompañado a alguien allí, como a mí el mes pasado.

- Bueno, vale, pero al menos vamos a salir de esta marabunta de gente, que ya me está agobiando estar aquí, con toda esta mezcla tan chunga de olores. Hasta el mismísimo Grenoille se volvería chiflado entre tanto perfume barato y tanto sudor.

- En eso tienes razón, sí. Joder, aquí tiras una bomba fétida y ni dios se entera.

- ¡Jo, jo, qué clásico, una bomba fétida! ¿Seguirá habiendo en alguna tienda?

- Fijo. Cuando estemos en el Riachuelo lo busco en internet, que pusieron wi-fi.

- Bueno, ¿por dónde vamos?

- Sígueme. Y no le toques el culo a ninguna tía, que a mí ya me cazaron tres, ja, ja.

- ¡Madre mía, qué mal andas! Si no fuera porque eso arruinaría tu vida por completo, te diría que te hacía falta buscar una novia.

- Bueno, se podría buscar, pero luego, ¿qué habría que hacer con ella?

- Uf, no me digas, a tanto ya no llego.

Tras esos momentos de sabia filosofía, que transcurrieron a la vez que caminaban intentando salir del gentío, pese a que esta doble acción conjunta pudiera verse como una proeza, llegaron a una de las calles paralelas en la que no había apenas nadie y siguieron avanzando hasta el otro extremo del mercado, más o menos como la vez anterior y después retomaron la calle principal para llegar hasta la esquina del callejón del garaje.

- Este es el callejón. Mira, allí está el portón.

- El portón… ¿el que está cerrado, dices?

- ¡Hostia, sí! Bueno, calla, vamos a acercarnos, ya verás cómo está el viejo.

- Sí, claro, y aparece atravesando la puerta cerrada. Mira, ¿ves aquel espejo roto tirado en el suelo? Si dices tres veces Candyman® también aparece un tipo. Pero ése te da el matarile. Casi como en los talleres de coches, pero un poco más literal.

- ¡Joder, pero qué faltoso eres! Picamos y fijo que abre.

- Y, si no, cogemos unas palancas y entramos por nuestra cuenta. Madre, ¿cuándo te vas a dar por vencido? A este paso nos cerrarán el mesón y acabaremos comiendo lo que sobró el otro día en tu casa.

- Calla, no jodas, qué dolor de estómago al día siguiente…

- ¿Y qué otro resultado esperabas?

- Ya, bueno, también es verdad. ¡Coño, pero qué rica sabe toda esa porquería, tío!

Después de insistir unas cuantas veces con el portón y de esperar a ver si alguien daba señales de vida, Ramón terminó dándose por vencido y, pese a sentirse muy extrañado por encontrar aquello cerrado, accedió a marchar e ir a comer. Eso sí, con la burla del Flaco en la nuca durante todo el trayecto de vuelta. No entendía nada. Debería estar abierto. ¿Cómo, si no, iba a volver a ponerse en contacto con Salomón, si quería volver por allí a comprar algo o si decidía hacer negocios con él? Hasta que recordó cómo: “Ya nos pondremos más adelante en contacto con usted. De hecho, estoy completamente seguro de que le sorprenderá la forma en que lo vamos a hacer.”

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