lunes, 28 de enero de 2013

Doorman 9: Corre.

Aunque en ese momento no fuese lo que debía tener en la cabeza, mientras recuperaba el aliento durante unos instantes, trató de pensar en cómo se dio cuenta de que lo estaban vigilando. Intentó recordar qué le había llamado la atención, qué… ¡mierda, allí estaban otra vez!

Correr. Maldiciendo para sí, volvió a ponerse en marcha. Las calles anchas de esa parte de la ciudad no ayudaban nada a la hora de dar esquinazo a… ¿cuántos perseguidores tendría pisándole los talones? Ni siquiera le había dado tiempo a contarlos. Más de tres, seguro. Y no era como en las pelis, que visten de traje negro y llevan gafas oscuras. Estos cabrones no eran unos pringados, sabían lo que hacían. Eran muy sutiles. Tampoco ayudaba el hecho de tener que atravesar el parque abierto al que estaba llegando. Lo verían desde lejos porque a esa hora aún no estaba lleno de gente, como hubiera podido suceder a mediodía. Aun así, esos tíos no corrían. Intentaban aparentar tranquilidad, pasar desapercibidos. No le cabía duda de que eso sólo podía significar que más adelante le estarían esperando más compinches y que tenían la situación controlada. Pretendían hacer que se desesperase, que perdiera la perspectiva. Por eso no pensaba dejar de correr hasta llegar, al menos, al centro comercial. Allí estaría lleno de gente y de recovecos. Allí les daría esquinazo y podría volver a tomarse un respiro.

Correr. Para alguien acostumbrado a estar sentado en casa delante del ordenador, aquello era un sucio castigo, a pesar de no llevar más de unos minutos corriendo. Pero cuando uno lo hace para salvar el pellejo, la adrenalina le da ese pequeño empujón que necesita para mantenerse en pie y continuar. A pesar de los calambres en las piernas. Se había dicho a sí mismo que iba a empezar a hacer algo más de ejercicio, que sólo con trabajar y luego pasarse el resto del día tirado en casa no bastaba, pero era demasiado vago. Ahora lo estaba pagando, estaba claro. ¡Maldición!

Correr. Cada poco miraba hacia atrás intentando ver a sus perseguidores, pero no los distinguía. Buena señal. Pero todavía quedaban los compinches que, sin duda, debían estar esperándolo ahí delante, en alguna esquina, así que no bajó la guardia. Un poco más y llegaría al centro comercial. Era de la competencia, claro, pero ahora mismo no se encontraba en una situación favorable como para andarse con remilgos. Apretó el paso y, en vez de continuar por la avenida, zigzagueó por las calles contiguas, hasta que, finalmente, llegó a sus cercanías. Entre eso y que ya no podía más, aflojó el paso. Uno, por el cansancio; dos, porque había roto a sudar unas calles más atrás y ahora mismo estaba empapado. Con todo, se dio la vuelta una vez más y escrudiñó la calle, pero no vio a nadie sospechoso.

Como todavía no se sentía seguro del todo, aún dio un pequeño rodeo antes de ir a los baños de la segunda planta. Toda precaución era poca y allí dentro podría ser presa fácil. Lo que sí desapareció fue el efecto de la adrenalina, con lo que el agotamiento llegó de repente y poco pudo hacer para detener sus efectos. Se apoyó en el lavabo, miró al espejo y se lavó la cara. Pues sí que estaba fuera de forma, sí…

Aún permaneció un par de minutos más recuperándose, lo que hizo que se enfadara por su debilidad: no se sentía seguro en absoluto y allí estaba, descansando, a merced de quienesquiera que fuesen aquellos tipos que lo seguían. Su cerebro seguía procesando aquello como una verdad universal y no fue hasta un buen rato después cuando, tras haber caminado con cuidado por los pasillos llenos de gente hasta llegar a la puerta de salida, se atrevió a volver la cabeza para ver si distinguía a alguien ligeramente sospechoso. Claro que podía ser una trampa y lo estuvieran vigilando ahora desde más lejos, pero aquello seguía sin gustarle un pelo.

Lo cierto es que podía haber intentado mezclarse entre el gentío que abarrotaba las tiendas de ropa aprovechando que habían comenzado las rebajas, pero en ese pasillo estaban todas dirigidas a un público, digamos, más joven, y cantaría mucho si se refugiara en una. Ramón se sentía joven por dentro, por supuesto, pero no era un necio: por fuera, la cosa no pintaba igual.

Una vez fuera y con el semáforo en rojo para cruzar, se metió entre varios peatones para adelantar unas líneas, aunque sin hacer gestos bruscos ni girarse, comportándose de manera natural. Después avanzó al mismo paso que los demás. Cuando llegó a la otra acera, se dirigió a la esquina más cercana, la cual dobló y, sin tiempo ni para pestañear, echó de nuevo a correr.

Sentía que esta vez lograría deshacerse de sus perseguidores, puesto que aquel movimiento le haría ganar unos metros y unos segundos de ventaja, debidos a la confusión. Estaba seguro. Por eso echó el resto y no recorrió más de una manzana en línea recta en un buen tramo.

Mientras el corazón parecía querer salirse de su pecho literalmente, aún tuvo tiempo de organizar su siguiente jugada. Llevaba un buen rato pensando un lugar seguro hacia el que dirigirse, hasta que le llegó la inspiración: ¿no era aquel el barrio de Paloma? ¡Su casa! ¡Allí estaría a salvo!

Con renovadas energías, aceleró aún más el paso, tratando de recordar exactamente dónde le había dicho que vivía. Sabía que tenía que llegar a una pequeña iglesia, girar a la izquierda, bajar una cuesta y, en la misma recta, al fondo, estaba su portal. Pero aún le quedaban unas calles para llegar a la capilla.

- ¡Mierda, no era por esta calle, era la ant...! – ¡Piii…! ¡Pum!

Distraído mientras pensaba por dónde ir, en un momento en que no miró antes de cruzar, un coche apareció por su derecha sin verlo y no logró frenar completamente a tiempo por la rapidez con que Ramón había salido a la carretera, atropellándolo. El golpe se lo llevó en el costado haciendo que, por la inercia, saliera volando hacia delante e impactando en la luna delantera, para rodar, una vez detenido el coche, por el capó hasta caer definitivamente al suelo, donde quedó tendido, quieto, durante unos instantes.

Al cabo de lo que a Ramón le parecieron horas, se despertó muy mareado en el suelo, con el sabor metálico de la sangre en su boca, e incapaz de mover un solo músculo. Le parecía escuchar gritos muy, muy lejos, pero ni siquiera podía abrir los ojos. Creyó escuchar también unas sirenas y también unas voces más cercanas, pero no fue capaz de saber de qué estaban hablando.

No fue hasta que se despertó, inundado de dolores, en la ambulancia, de camino al hospital, cuando se pudo crear una imagen de lo que había podido ocurrir, aunque de poco le sirvió ese momento de lucidez, porque volvió a desmayarse al instante.

Para cuando volvió en sí de nuevo, el mareo era atroz, tanto como para que una tremenda arcada le acercara la bilis a la boca, que no pudo reprimir ni tampoco esquivar, pues no podía moverse, atado como estaba en la camilla, por seguridad. Tuvieron que ser los médicos que lo acompañaban quienes le limpiaran el vómito.

- ¿Q-qué ha pasado? ¿D-dónde estoy?

- Calma, chico, estás en una ambulancia, camino del hospital. Acabas de tener un accidente, pero no parece que hayas sufrido algún daño irreversible. Intenta tranquilizarte, todo saldrá bien.

- ¿Han sido ellos?

- Perdón, ¿cómo dices? ¿Ellos? ¿Quiénes son ellos? Un coche te atropelló.

- Sí, los…

- Será mejor que descanses hasta que podamos explorarte mejor, te has golpeado la cabeza y este podría ser uno de sus efectos.

- Pero…

- Descansa, muchacho.

Ramón se resignó y le hizo caso al médico que le hablaba, atontado y magullado como estaba. No podía decirles nada acerca de los hombres que lo seguían. No se lo creerían y, además, no estaba seguro de que debiera contar nada de todo ese tema. Pensando en eso y, aún con fuertes dolores en la cabeza, le sobrevino un pinchazo muy agudo que le hizo pegar un alarido que cogió desprevenidos a los allí presentes, que no se sorprendieron tanto del grito como de lo que sucedió con las puertas de la ambulancia, que se abrieron de repente, de par en par, golpeando los laterales de la furgoneta y rompiendo los cristales, que salieron volando, habiendo estallado en mil pedazos.

Después ya no hubo más que oscuridad…

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