martes, 5 de febrero de 2013

Doorman 10: Hospital

Una habitación blanca, una cama estrecha. Ausencia de detalles, un olor particular. Todo encaja, no hay lugar a confusión. Un tubo en la nariz y una vía en el brazo lo confirman. ¿Cuánto tiempo lleva en el hospital? Quién sabe, pero el cuerpo sigue dolorido. Un día, quizá dos. Tres a lo sumo…

A través de la ventana no entra apenas claridad, pero no es de noche sino, más bien, un día gris. Gris como su humor. De alguna manera, los recuerdos se abren paso en su mente, terminando de minar su voluntad. Recuerdos que, por otra parte, no le aclaran nada. Recuerdos de gente siguiéndolo, de una huida, de una escapatoria frustrada. Recuerdos de no recordar qué sucedió y por qué. Recuerdos… de no saber.

Una habitación blanca. Y vacía. Ni siquiera algo de comida en la mesita, sólo el lento fluir del suero desde el gotero da algo de vida al cuarto. A decir verdad, casi mejor haber estado inconsciente todo el tiempo que llevase allí, porque aquello era mortalmente aburrido.

Tras pasar horas dándole vueltas a todo para intentar poner un poco de orden en su cabeza,  aunque también es posible que fuesen sólo unos pocos minutos, alguien entró. Era una enfermera sin rasgos que no fueran de enfermera, vestida de enfermera, hablando como una enfermera y preguntando cosas que preguntan las enfermeras. Amable y con el cariño propio de las enfermeras, mostró la sorpresa comedida que cabría esperar de alguien que no ha visto cambio alguno en su paciente en un tiempo aún por determinar y que, de repente, la situación se muestra diferente. 

-          ¡Ay, vida, ya estás despierto! ¿Cómo te encuentras?

-          Uhm… ¿bien? Con dolores, pero con todo en su sitio, creo.

-          Nos tenías preocupados, cariño.

-          Esto… ¿qué día es hoy? ¿Cuánto tiempo llevo aquí?

-          Pues llevas en inconsciente nueve días, cielo. 

-          ¿Nueve? Llevo toda la vida, señora… ¿En serio nueve? 

-          De hecho, en coma. Por el accidente no deberías de haber pasado más de uno o dos días un poco peor, pero el médico aún no entiende cómo has podido estar en coma todo este tiempo. 

-          Pues si no lo sabe el médico… 

-          Bueno, ya verás qué contentas se ponen mis compañeras cuando se enteren de que te has despertado. 

-          Vaya, gracias. 

-          ¿Y tienes hambre? ¿Quieres algo un poco más sólido que ese suero? ¿Un puré, tal vez? 

-          La verdad es que me comería todo lo que me pusiera usted delante, enfermera, tengo tanta gusa que no se lo puede imaginar. 

-          ¡Ay, qué bendito!

Sinceramente contenta, la señora se fue de la habitación para darle la nueva al médico y para ir en busca de una de las bandejas de comida que, a esas horas, circulaban de atrás para adelante por el pasillo. No tardó en regresar, con una sonrisa en la cara, y comida en las manos. Ese día habían preparado puré de calabacín y tortilla francesa, así que podría valer, habida cuenta de que llevaba nueve días sin tomar nada sólido. Le dejó la bandeja en la mesita y se marchó de nuevo, recordándole lo mucho que se alegraba de que se encontrase mejor. 

Ramón comprobó si podía moverse con cierta soltura, al menos de cintura para arriba, desentumeciendo los brazos y haciendo unos pequeños ejercicios improvisados, que le sirvieron también para descubrir una buena colección de moratones. Después acercó la comida para dar buena cuenta de ella, aunque no se hacía demasiadas ilusiones, porque ya se sabe lo que se dice de la pitanza en los hospitales. De todas maneras, lo que le sorprendió al levantar la tapa de la bandeja no fue lo que había para llevarse a la boca, sino una nota escrita en un papel, al pie de los cubiertos. Y no una nota manuscrita a todo correr, a lápiz o a bolígrafo. Una nota… impresa. Escrita con sumo cuidado, con un ordenador. Algo premeditado, meticulosamente calculado, muy alejado de una mera casualidad. Demostrando demasiadas cosas y ninguna de ellas buena. La nota decía:

Querido Ramón:
Vemos que no ha perdido usted el tiempo en hablar de ciertas cosas con gente a la que no le ha dado nadie vela en este entierro. No se preocupe, no es literal, no tendrá usted que llevar luto, al menos por el momento. De todas maneras, no le vendría mal un poco de discreción, de ahora en adelante. Ya ve, además, que no nos es nada complicado acceder adonde nos propongamos, ni tocar a la gente que queramos.
Suerte con su recuperación.
Pd: Tampoco le vendría mal hacer un poco más de ejercicio…

No fue una sensación de desasosiego total, pero lo cierto es que leer aquellas palabras puso bastante nervioso a Ramón, que notó cómo le temblaban las manos, instantes antes de estrujar la carta y lanzarla contra la ventana. 

-          ¡Hijos de la gran puta, están por todas partes! ¿Cómo cojones me libro yo ahora de estos cabrones, fetos de una hiena coja, famélica y con los ojos malos?

Se calló de repente. Esto último lo había dicho en voz alta y, por lo que ahora sabía, allí podía estar compinchado en su contra cualquiera. Se obligó a tranquilizarse, lo que no era nada fácil en esos momentos y, para lograrlo, incluso intentó meter algo de comida en la boca, pero fue incapaz. Ahora mismo no podía ni sostener la cuchara.

En buena hora se quiso meter en complicaciones un tipo como él, tranquilo tirando a vago, amante de la vida monótona y sin sobresaltos… En buena hora le vino a picar la curiosidad y se dejó convencer por un tipo al que no conocía de nada. Por culpa de eso, ahora mismo estaba allí tirado, en aquella habitación, magullado y con una sensación de que, a nada que hiciera, estaría localizado.

A decir verdad, se le pasó por la cabeza la opción de salir de allí como pudiera, tratar de escapar y desaparecer, pero no tenía el cuerpo para ello y, después de todo, no lo habían amenazado ni se sentía en peligro, tan solo se sentía observado. Vigilado. Así que lo pensó mejor y decidió que, al menos, se relajaría el tiempo que permaneciera en el hospital para poder recuperarse lo mejor posible. Ya tomaría cartas en el asunto cuando estuviera en condiciones de hacerlo. Si es que lo hacía, dado que él no era ningún súper espía de esos de las películas, capaz de acabar él solito con toda una organización criminal sin manchar el traje.
Otra enfermera entró en la habitación, al cabo de un rato, para retirarle la comida. Era diferente a la anterior, pero conservaba el mismo humor y hablaba de igual manera. De hecho, si llega a estar algo más apijotado, incluso podría haber asegurado que sí era la misma.

-          ¿Ya terminaste la comida, cariño? ¿Estaba rica? 

-          Sí, sí, estaba bien, pero la verdad es que no tengo mucha hambre. 

-          ¿Y quieres que te traiga alguna cosa? ¿Necesitas algo? 

-          Pues mira, no, aunque sí que me gustaría saber quién metió en la bandeja esta nota. De todas maneras, apostaría a que tú no tendrás ni idea, claro, así que me ahorraré la pregunta. 

-          Ah, pues no, no tengo ni idea, yo acabo de fichar la entrada, que ha habido cambio de turno. 

-          Me lo suponía… Nada, no se preocupe. Son cosas mías. Por cierto, ¿ha venido alguien a visitarme estos días? Y, otra cosa, ¿conservo alguna de mis pertenencias? Ya sabe, el teléfono móvil, la cartera, la ropa… 

-          Sí, claro, vida, lo tienes todo guardado en el armario y el móvil, en el cajón de la mesita. Tus padres te trajeron un cargador hace unos días, por si despertabas. Han venido a diario, pero ayer dijeron que hoy no podrían pasar por aquí. 

-          ¿Alguien más…? 

-          Ay, chico, ni idea, ya bastante sé con lo que te he dicho, porque me coincidió que los vi, pero no sé, imagino que sí. No pareces un chico a quien le falte quién lo venga a visitar. 

-          Vaya, gracias… 

-          En fin, yo me voy, que todavía me queda por atender a las otras habitaciones. Cualquier cosa que necesites, guapo, pulsas el timbre. 

-          Oído, cocina. De nuevo gracias por todo, chao.

En cuanto se marchó la enfermera, abrió la mesita y comprobó que, efectivamente, allí estaba su teléfono, algo magullado debido al golpe, pero en condiciones decentes. Apagado y con la batería llena, señal de que se lo habrían cargado. Cuando lo encendió estuvo un buen rato sonando a lo loco, pues le estaban entrando mensajes por todas partes, después de tantos días sin usarlo. Al menos, a priori, nadie se lo había estado fisgando, ya que los primeros mensajes sin leer eran del mismo día del accidente. Lo normal: de sus padres, de su jefe en el trabajo, algún compañero, amistades… Lo cierto es que le llevó un buen rato leerlos todos, ponerse al día y contestar a todo el mundo. Entre eso y surfear un poco por las redes sociales echó lo que quedaba de día, sin que, casualidades de la vida, apareciese ninguna otra visita. Seguro, seguro, aparecerían todos al día siguiente, una vez se enterasen de que ya estaba vivo de nuevo, razón por la que decidió que lo mejor sería dormir ya y descansar, pues volviendo al ruedo había consumido ya toda la energía que tenía ahorrada.

Así se lo hizo saber a la enfermera cuando le vino a traer la cena, que declinó, aunque le pidió unos calmantes porque aún sentía bastante dolor y quería que no le dieran la noche, a lo cual accedió porque seguramente le vinieran bien. Y se ve que eran efectivos porque, en cuanto se hubo ido la enfermera y se los tomó, cayó redondo, rendido a sus efectos, y se puso a roncar el resto de la noche como cuando alguien sale de fiesta un fin de semana, se toma un par de copazos, o tres, o… bueno, en fin, bebe un poquito y luego llega a casa, se quita la ropa sólo a medias y, vaya uno a saber por qué, cae en la cama de morros y con la luz encendida y goza de un sueño reparador, a costa de un mañanero y nada divertido dolor de cabeza. Pues a Ramón le pasó sólo la parte de dormir.

Hubiera tardado más en despertar si le hubieran dejado hacerlo, pero esa mañana el médico había madrugado específicamente para ver a su paciente bien temprano, antes de empezar la ronda cotidiana. Y es que aún sentía curiosidad por esos nueve días de coma a los que no era capaz de dar explicación (y no era lupus). 

-          Buenos días, mi querido paciente… Ramón. ¿Qué tal se encuentra esta mañana? Ya veo que los calmantes de anoche le hicieron efecto, por lo que me comentan mis compañeras. Lo celebro. 

-          Buf, mano de santo, ya me podían recetar ustedes unos cuantos, usted ya me entiende… 

-          Je, no se preocupe, hombre, seguramente no los vuelva usted a precisar más, viendo que evoluciona favorablemente. 

-          Vaya. En fin, ¿y qué me puede contar? ¿Cómo estoy? ¡Porque ayer tenía tantas cosas en la cabeza que ni siquiera me acordé de preguntar por mi propio estado a nadie! 

-          Bueno, pues su estado es bastante aceptable, gracias a que el accidente no fue tan violento, al haberle golpeado el vehículo con el lateral, no de frente. No obstante, lo que no nos cuadra es que estuviera nueve días en coma, no le encontramos ninguna lógica. De todas maneras, en un par de días le daremos el alta y, mientras, estudiaremos su caso. Es un tipo con suerte, podría haber sido mucho peor. 

-          Gracias, supongo... 

-          No hay por qué darlas, es nuestro trabajo. En cualquier caso, sí le daremos un tratamiento para que lo continúe en casa y le recomendaría ir a un fisioterapeuta, para que trabaje en la rehabilitación. En fin, ya me pasaré por aquí otra vez cuando le dé el alta. Descanse usted y, de nuevo, me alegro de que vuelva a estar entre nosotros. 

-          Ya te digo…

El resto de la mañana transcurrió con normalidad, y ya fue por la tarde cuando estimó que irían apareciendo las visitas de rigor, que pensaba que iban a ser montones. Un poco lejos de la realidad, pues según fueron pasando las horas, allí no apareció ni un alma. No es que fuera el tipo más popular de la ciudad, pero aquello era, a todas luces, extraño. La sensación que tenía era una mezcla entre contrariedad y asombro, pues todo el mundo sabía ya que estaba despierto, así que cogió el móvil y envió unos cuantos mensajes, a ver qué le contestaban. Las respuestas no se hicieron esperar, pero casualmente todo fueron excusas monótonas, simples: “lo siento, tío, hoy no puedo” o “me resulta imposible, estoy muy liado”. Llamó también a sus padres, pero nadie contestó al teléfono.

Al cabo de un rato, impotente, se dio por vencido. Ya era casualidad que todo el mundo tuviera ese día más cosas que hacer. No le dio más importancia, o de eso quiso convencerse, pero un poco sí que le tocó en el orgullo. De todas maneras, tampoco se iba a agobiar, así que pensó que podía aprovechar para hacer algo. Aún tenía el accidente muy reciente, pero no sabía si se mantendría en pie puesto que aún no había probado a hacerlo, así que lo intentó. Obviamente, tras nueve días acostado, las piernas le fallarían (de hecho, una seguro, puesto que la tenía completamente escayolada), pero tenía al lado de la cama unas muletas y una silla de ruedas.

Tras varios intentos ridículos, en los que apenas llegó a levantar siquiera el culo de la cama, decidió avisar a una enfermera con el timbre. 

-          Pero bueno, tontín, ¿dónde pensabas que ibas a poder ir? ¿Crees que eres un futbolista que, con un poco de agua y un spray ya puedes moverte como si nada? Anda, anda, sujétate a mí, que ya te ayudo yo. ¡Esta juventud…! 

-          Joder, sólo estaba probando… 

-          Claro, claro. Y si creyéramos que pudieras caminar por tu cuenta, ¿para qué te habríamos dejado la cuña a mano? Tómatelo con más calma, cariño: el collarín y la escayola tardarás aún en quitártelos. Confórmate con tener los brazos sólo magullados y que puedas moverte con la silla… 

-          Eso sí, menos mal que no jodí la mano derecha. Si no, no sé cómo me podría… 

-          ¡Pero qué tontín saliste, guapo! En fin, ¿necesitas algo más? 

-          Supongo que no, salvo que me dé un poco el aire. 

-          Ah, no, de la habitación no salgas. Muévete por aquí si quieres, pero no salgas. Estamos bastante ocupados para tener que andar mirando para ti. Ya te lo he dicho, mejor te lo tomas con calma.

Y parecía que la enfermera tenía razón. No había reparado en ello hasta ahora, pero lo cierto es que sí que había un continuo sonido de actividad que le daba a entender que posiblemente fuera un estorbo, fuera de la habitación, así que se resignó y obedeció: para practicar, había suficiente espacio en aquella habitación.

El resto de la tarde, pues, lo pasó moviéndose con la silla de ruedas e incluso intentando hacer alguna filigrana (sí, la irresponsabilidad no había desaparecido con el accidente). De las vistas de la ventana no había gran cosa que decir, pues daban a un patio interior y no se veía paisaje alguno, salvo monótonas y grises paredes. Y poco más se podía hacer allí dentro, así que decidió, ya cuando anochecía, encender un rato la televisión para ponerse también al día con las noticias locales y nacionales.

Se puso a buscar el mando, que no sabía dónde estaría, puesto que en el cajón de la mesita no estaba, cuando se dio cuenta de algo, y es que, desde hacía un buen rato, el ruido general del hospital había desaparecido por completo.

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