sábado, 23 de febrero de 2013

Doorman 11: Infierno

Este capítulo se lo quiero dedicar a Gema y a Sara, que no sólo me escuchan y leen, sino que además se han dejado convencer para participar en el loco mundo de Ramón con sus dibujos. En esta ocasión, la ilustración es de Sara, la psicóloga pelirroja.

No le dio tampoco demasiada importancia al tema del ruido porque cuando terminaba el horario de las visitas se quedaba todo el hospital prácticamente en silencio, pero lo que sí le sorprendió es que no hubieran pasado ya las enfermeras con la cena. Miró la hora en el móvil y vio que era más tarde de las nueve, más o menos cuando recogían las bandejas, así que pulsó el timbre para preguntar, por curiosidad, si es que se habían olvidado de él esa noche.

Mientras tanto, encontró el mando a distancia y encendió el televisor. Le vendría bien estar al día, ya que no sólo de las redes sociales viven las noticias (y viceversa). No obstante, se llevó un pequeño chasco al ver que no tenía señal, que estaba desprogramada. Allí se puso a darle vueltas a la configuración, pero no sintonizaba ni a la de tres: o estaba jodida la antena o aquella tele era un puto timo. Menos mal que no era de las de meter monedas o ya se habría cabreado. Para más recochineo, nadie había respondido a la llamada del timbre, así que volvió a pulsarlo y esperó. Bien se pudo haber dormido, porque pasado otro buen rato seguía sin aparecer nadie, así que Ramón decidió ser él mismo quien se moviera.

Lo cierto es que habría salido al pasillo con mucha menos decisión si hubiera vuelto a echar un vistazo por la ventana, ya que afuera no había luces encendidas, ni en el patio, ni el edificio de enfrente. Únicamente se veían parpadear las de la séptima planta. Ajeno a esa imagen, apuntó la silla hacia la puerta de la habitación y, como no estaba aún envuelto en la capa de misterio del cine de intriga, se le ocurrió probar a ver qué tal le funcionaba hoy su curiosa habilidad. Así pues, se concentró en la puerta, la visualizó en su mente e intentó canalizar su poder desde su cerebro. Lamentablemente, la puerta no cedió ante su exigencia y no se movió en absoluto, pero un hilillo de sangre sí que le descendió con gracia por la nariz, fruto del esfuerzo. Para variar, aquello le costaba horrores conseguirlo, a pesar de las horas de práctica.

Supuso que las actuales circunstancias eran un pequeño añadido a las ya de por sí dificultades que tenía para conseguir poner en funcionamiento su habilidad, así que, antes de que le dieran, para más recochineo, dolor de cabeza, optó por la ruta de acción normal: esto es, usar la manilla. Eso sí, a pesar de haber estado por la tarde practicando, moverse con la silla de ruedas no era tan sencillo y, además, tenía los brazos algo cansados por la inactividad de estos últimos días y por tener el cuerpo aún dolorido.

Con todo, salió al pasillo. Miró para ambas partes y dedujo que debía de estar hacia la mitad, pero no vio a nadie, con lo que se dirigió a su izquierda, en parte por tomar un sentido cualquiera, en parte porque era hacia donde el cartel decía que se encontraba la salida. Mientras rodaba, vio que la planta era bastante larga, con bastantes habitaciones a ambos lados. Todas las puertas estaban cerradas, pero no lo consideró algo fuera de lo normal puesto que, una vez finalizado el horario de visitas y la cena, la gente se dedicaba a descansar, sin más. No obstante, ya era casualidad que nadie estuviera viendo la televisión, pero bueno, la gente suele ser tan rara que uno puede esperar casi cualquier cosa. Pasó al lado de una que estaba entreabierta y vio por el rabillo del ojo que la tele sí que estaba encendida, pero con nieve. Vamos, otro que la tenía jodida. De todas maneras, pensó, hay que ser un poco zoquete para dejarla encendida si no se podían sintonizar los canales, aunque reparó en que él mismo tampoco la había apagado. Bueno, ya lo haría más tarde.

Continuó con el trayecto y el mismo panorama, ni ruido ni gente, hasta que llegó al mostrador, a su derecha, donde normalmente debería de estar alguna enfermera de guardia, aunque en este caso no había nadie, al menos a priori. Escuchó atentamente a ver si se oía algo dentro del cuarto que había detrás, pero todo permanecía en silencio. Pulsó el timbrecito, pero nadie acudió a la llamada. Por curiosidad, pasó hasta la puerta, llamó y abrió, pero estaba vacía. Un pequeña radio estaba encendida, pero no se escuchaba ninguna emisora, sólo ruido y a poco volumen. Casi todo lo demás estaba en su sitio, los armarios cerrados, la ventana cerrada… casi todo, menos el transistor y la silla, que estaba un poco alejada de la mesa, aunque en pie.

Se acercó hasta la ventana, que daba al patio exterior. Esa noche no había luna, pero el motivo de que todo estuviera oscuro era que todas las farolas estaban apagadas. Tan solo, muy a lo lejos, las luces de la ciudad permanecían encendidas. Como no podía ser de otra manera, empezaba a mostrarse un poco intranquilo. Aun así, se le ocurrió manipular la pequeña radio, para comprobar una teoría. Como no halló frecuencia alguna con algo audible, se empezó a temer lo peor, cosa que confirmó luego, en el mostrador, cuando descolgó el teléfono: la línea estaba cortada.

Miró a su izquierda y todo seguía prácticamente igual que cuando salió de su habitación, salvo por el hecho de que uno de los fluorescentes del fondo del pasillo parpadeaba ligeramente. Salvo eso, todo igual de vacío, quieto y silencioso. Giró la silla de ruedas hacia la derecha y enfiló lo que quedaba de pasillo, hacia el rellano donde estaban los dos ascensores, y pasó por delante de la sala de espera de la planta, abierta de par en par. Cuál fue su sorpresa cuando vio a un señor mayor, en pijama y zapatillas, sentado en un sofá delante de la televisión y mirándola fijamente, aunque sin ver nada más que nieve en la pantalla, como ya suponía que no podía ser de otra manera. 

-   Disculpe, señor, ¿sabe usted dónde está todo el mundo? 

El hombre permaneció atento a la pantalla, ajeno a lo que Ramón le había preguntado.

      -   Ejem, perdone que le moleste pero, ¿ha visto por aquí a las enfermeras? ¿O a alguien?

En vista de que aquel fulano no parecía siquiera oírle, se acercó a él, a ver si tal vez se hubiera dormido o algo cuando, casi estando a su altura, el viejo giró como un rayo la cabeza, abrió los ojos de par en par, y gritó:

      -       ¡Sabía que esto acabaría sucediendo, lo sabía!


Doorman está flipando...


Por suerte para Ramón ya estaba sentado porque, si no, se habría caído de espaldas debido al susto. Tal y como giró la cabeza, parecía poseído por alguna fuerza maligna. De hecho reforzó su idea cuando, de igual manera que se giró hacia él, volvió a llevar la vista al frente, hacia la televisión. Y así se quedó a pesar de que lo zarandeó durante unos instantes.

      -       ¡Pero bueno, hombre, no me joda! ¿Qué ha dicho? ¡Responda! ¿A qué se refiere? ¿Qué es lo que está sucediendo?

Como parecía que estuviera hablando con la misma pared, o con el sofá, no pudo evitar perder un poco los nervios, ya que la situación, ahora mismo, en el hospital, no invitaba a serenarse gran cosa.

      -       Para mear y no echar gota, en serio. ¿Por qué no podré encontrar gente normal en mi vida? No sé, yo creo que hasta los artistas están más cuerdos que toda la gente que me encuentro últimamente. Fijo que, si me meto en un bar lleno de músicos, no están ni la mitad de majaretas que Salomón, este viejo, Paloma… ¡Madre mía, pero si el único normal soy…! Joder, joder, joder…

Por si fuera poco, el anciano se levantó, sin apagar la televisión y con la cabeza tiesa se dispuso a ir hacia la salida. Como Ramón estaba justo delante, en su camino, con una fuerza sobrehumana para lo que cabría esperar en ese hombre menudo y decrépito apartó la silla como si fuese de papel y a punto estuvo de estamparla, con él encima, contra la pared. Por fortuna, consiguió girarla justo antes del impacto, aunque sin frenarla, y terminó al lado de la ventana. Para cuando consiguió detenerse, se dio la vuelta para increpar al abuelo, pero allí ya no había nadie.

      -       Yo esto ya lo he visto en alguna película de terror. Fijo. ¡Pero qué puta mala suerte tengo, hostias!

Ni siquiera intentó llegar a la puerta para ver por dónde se había esfumado aquel tipo. De alguna manera sabía que no lo encontraría, que se habría volatilizado o alguna cosa rara, así que trató de calmarse y pensar un poco en todo lo que había visto hasta ahora. Como acto reflejo, miró por la ventana, que daba hacia el patio interior, como la de su habitación. 

      -       Vaya, también está todo a oscuras. ¿Por qué no me sorprenderá? Bueno, menos allí en la… sí, en la séptima, que parece que estén montando una fiesta con las luces. Madre mía, aquí hace falta un buen electricista. ¡Se iba a forrar! En fin, me quedan tres opciones: una, volver a la habitación, echarme a dormir, y que pase lo que tenga que pasar; dos, salir del edificio por la salida de incendios, pero con esta pierna así, imposible; y tres, coger el puto ascensor y largarme de este manicomio, a ver si abajo hay alguien que me pueda ayudar o decirme qué cojones está pasando. Así que escojo la opción cuatro, que es ir a la habitación, donde he dejado olvidado el móvil, porque vete tú a saber cuándo lo necesitaré.

Se puso manos a la obra o, más bien, manos a la rueda, y salió de la sala de espera. Como daba por supuesto que todo seguiría igual, su asombro fue mayúsculo cuando vio a alguien tirado en el suelo, boca abajo, sin aparentes signos de violencia, al menos desde donde estaba. Vamos, que no había sangre por el suelo ni por las paredes. Como supuso tras la impresión inicial, se trataba del viejo, al que podría haberle dado un ataque o algo por el estilo, así que fue hasta donde estaba e intentó ver si aún respiraba. Allá como pudo se agachó para buscarle el pulso y, cuando le apartó el brazo de la cara para palparle el cuello, vio algo mucho más impactante: el rostro estaba completamente consumido, momificado. Como si llevara años muerto. Llamó a voces a un médico, pero más por instinto que porque pensase que alguien fuera a oírlo. 

Al no recibir respuesta fue hasta su habitación, que estaba como la había dejado, y recogió el móvil. Llamó a sus padres pero, al igual que por la tarde, sonó y sonó, pero nadie contestó. Probó de nuevo con un mensaje que envió a sus amistades:

“Algo raro está sucediendo en el hospital, ¿puedes venir a sacarme de aquí?”

Pero todo lo que obtuvo por respuesta fueron varios mensajes del tipo:

“¿Qué dices, tío? ¿Tanto te aburres? Estoy liado, tronco, ya hablamos luego.”

“¡Cómo mola, eso es por la morfina, se te va la pinza y lo flipas!”

“Estoy trabajando, ahora no puedo.”

“¿Ahora que me necesitas sí te acuerdas de mí, cabrón?”

El resto de gente aún no le había contestado, pero con esas cuatro pudo sacar una conclusión. De hecho, dos y, si una era mala, la otra era peor: por un lado, tenía un problema con una amiga que desconocía que estuviera así de cabreada por quién sabe qué, lo cual era mal asunto para futuros rolletes con ella. Por el otro, algo apestaba y se acababa de dar cuenta. El que le escribió que estaba trabajando llevaba en el paro varios días y aún no se había puesto a buscar curro, porque le quedaban tres meses de subsidio y los quería aprovechar para descansar. Por tanto, llegó a sacar una conclusión que pudiera ser precipitada y errónea, o no: alguien le había manipulado el teléfono y por eso no podía hacer llamadas. De alguna manera, con los mensajes de texto, podía suceder que alguien los interceptara y los contestara de manera aleatoria, colándose con el de su amigo. Para comprobarlo, llamó al azar a varios contactos, todos con idéntico resultado: nadie contestaba. Por tanto, estaba también incomunicado completamente.

Confuso por el descubrimiento volvió a salir de la habitación, pensando que, después de todo, podía sentirse aliviado porque no la había pifiado con su amiga y aún podría llamarla, si salía de esta. No obstante, su actual situación era de lo más extraña y no tenía mucha pinta de que le estuvieran preparando una fiesta sorpresa o que hubiera alguna cámara oculta, como en esos programas casposos de la tele.

Miró y el anciano yacía en el suelo, nada más había ocurrido con él. Pensó en probar los ascensores, pero oyó algo del otro lado del pasillo. Como mandan los cánones, en un ataque de ingenuidad, se dirigió hacia allí porque creyó que podría tratarse de algún otro paciente o, mejor aún, del bullicio propio de un hospital, sucediendo en los pisos inferiores. Ahora que se había fijado, se encontraba en la cuarta planta. Hacia el fondo fue, pues, pasando bajo el fluorescente que parpadeaba y dejando atrás más habitaciones, todas ellas cerradas.

Cuando llegó a la puerta de la salida de emergencia, se detuvo para ver si oía más ruidos. La abrió y se concentró, pero parecía que tal vez se había equivocado cuando, de pronto, una sacudida del suelo, precedida de una explosión, provocaron que se llevara, por instinto, los brazos a la cara para cubrírsela. Cuando los bajó, todo se había quedado a oscuras. Acto seguido, las luces de emergencia se encendieron y, por el hueco de las escaleras, pudo ver cómo de la segunda planta salía una humareda oscura, aunque no se distinguían voces. Como por allí no podía subir ni bajar, dio media vuelta y trató de alcanzar los ascensores lo más rápido que pudo.

Llegó al descansillo de la planta con la explosión aún metida en la cabeza para descubrir, tras pulsar insistentemente los botones de llamada de los ascensores, que no funcionaban. Ni siquiera se podía saber en qué piso estaban porque se había ido toda la luz. Pensó en un montón de opciones inútiles que tenía a su disposición en ese momento, pensó incluso en que estaba allí atrapado cuando, sin motivo aparente, las luces volvieron a hacer acto de presencia. Volvió a pulsar los botones alocadamente, y  esta vez sí que se encendieron. Los números de uno de los ascensores iban cambiando, ascendiendo, desde el sótano hasta el cuarto. Cuando llegó, las puertas hicieron el amago de no querer abrirse, pero finalmente lo hicieron. Se metió sin perder el tiempo y pulsó la planta cero, única vía coherente de escape para un tío en silla de ruedas. No obstante, tras cerrarse las puertas, el ascensor hizo todo lo contrario a bajar. Para su asombro, subió.

Pulsó frenéticamente el botón de parada y el de la planta cero, pero seguía ascendiendo. Hasta que llegó al séptimo. Allí, se detuvo. Cuando se abrieron las puertas, la película ya había pasado de terror a post-apocalíptica, con tonos gore salpicados por el punto más diametralmente opuesto posible a una comedia romántica. Las luces de emergencia, de nuevo, eran las que daban mayor visibilidad al pasillo. Aquí y allá, del techo, colgaban los fluorescentes y todo el cableado eléctrico, que se mecía caóticamente, al son de los chisporroteos. A pesar de las sombras, la escena era impresionante, se mirase por donde se mirase, pues hacía poco más de quince minutos, todo era silencio, vacío e iluminación, mientras que aquí arriba, todo se podía resumir en una palabra: infierno.

Se atrevió, con desgana, a salir al rellano, pero cuando llegó al pasillo…

       -       La madre que me… ¡¡¡BUAAARGH!!!

Como un jodido aspersor, Ramón no pudo evitar regar el suelo con una vomitona producto de lo que tuvo que ver y que continuó cuando le llegó el olor de todo aquello. Por todas partes, cuerpos mutilados y reventados, brazos, piernas… sangre del suelo al techo y salpicando las paredes… No había, en realidad, palabras que pudieran describir aquella escena y, por todos los dioses, ojalá nunca las hubiera.

Detrás suyo, por el hueco del ascensor, se oyó otra gran explosión y, como el aliento de un dragón, una columna de fuego ascendió buscando una salida, destruyendo cada puerta que encontraba a su paso. Instintivamente, y gracias a la adrenalina, saltó nadie sabe cómo de la silla, con la pierna rígida por delante, para protegerse del fuego con la pared, y yendo a caer, inevitablemente, sobre uno de tantos charcos de sangre que recorrían esa zona, perdiendo, además, el conocimiento.

Cuando despertó, aun deseando con todas sus fuerzas que todo hubiera sido un mal sueño, abrió los ojos y vio cómo todo aquello seguía allí, salvo dos detalles borrosos que se acercaban a él haciendo aspavientos con los brazos. Casi sin tiempo para recuperarse, llegaron a su altura y los pudo ver más nítidamente. Eran algo parecido a soldados, al menos por su atuendo y por las armas, y llevaban máscaras antigás en la cara, lo cual hizo que no entendiera nada de lo que le estaban gritando, pero sí reconoció los gestos que le hacían.

Con la silla de ruedas calcinada por el fuego de los ascensores y, en vista de que era completamente imposible que se pudiera mover por su cuenta, aquellos hombros tiraron de él con brusquedad y lo llevaron casi a rastras, entre los dos, hasta las escaleras de emergencia del fondo. Durante el trayecto, medio desmayado de dolor, pudo todavía distinguir que todas las habitaciones habían sido reducidas a poco más que escombros, que no había apenas paredes y, mucho menos, ventanas y que seguían apareciendo cuerpos y más cuerpos por el suelo, esparcidos.

Apenas llegaron a las escaleras, una tercera figura salió al paso, con la misma indumentaria, y les ayudó a transportar a Ramón, aturdido como seguía. Fueron tres pisos agónicos en los que, entre las prisas, los escombros, una nueva explosión que hizo temblar hasta los cimientos del edifico y el cansancio, la escayola de la pierna rompió al chocar varias veces con las esquinas y los pasamanos, por lo que tuvieron que arrancársela y dejar la extremidad flácida, provocando un dolor agónico que hizo que volviera a desmayarse y que dio al traste con toda posibilidad de ver cómo llegaban a la azotea, donde estaba aterrizando un helicóptero entre las cortinas de humo que se alzaban amenazantes, pero que ahuyentaban las hélices, y en el que lo metían y acomodaban entre todos, mientras una voz dentro del aparato, antes de volver a despegar, gritó por encima del ruido:

-       ¿Es él? ¿Está vivo?

3 comentarios:

  1. Como no nos vamos hacer adictos a Doorman, HASTA EL INFIEEEEERNOOOO

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  2. Aysss, me toy mordiendo las uñas. Que enganche!!!

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    1. De momento, parece que vas a tener algo de tiempo para recuperar la medida original, ya que habrás visto que la cosa está un poco parada, últimamente.

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