sábado, 30 de noviembre de 2013

Doorman 13: Experimentos



Ya se había imaginado que ocurriría algo así, porque debe ser algún tipo de ritual ancestral que tienen los militares y todo ese tipo de gente, pero cuando se despertó de repente porque el sargento Aguilar había irrumpido en la habitación como si se tratara de una estampida de un solo hombre, deseó tener a mano algo que arrojarle y buena puntería para alcanzarle, como poco, en la cabeza. Y, aunque no había sido capaz de abrir prácticamente los ojos y no se había acostumbrado aún a la molesta luz que irradiaba la estancia, lo que más le dolió fue sentir, más que ver, los colores chillones de la camiseta de tirantes del sargento y sus pantalones muy cortos de deporte.

-   ¡Enpiemalditogusanoquetecreesqueesestounhoteldelujo! ¡Quierovertevestidoinmediatamenteeslahoradelgimnasio!

-   ¡Joooder con el sargento atleta! No me digas más: gritas así de rápido porque memorizaste el texto y lo sueltas antes de que se te olvide. ¿Qué coño te pasa? Son las… ¡seis! ¡Son las putas seis de la puta mañana! ¿Hay un incendio o qué?

-   Mira, niñato espabilado, mi nombre es sargento Aguilar, que no se te olvide. Y el señor Pérez quiere que empecemos cuanto antes con las pruebas físicas así que, como este es mi horario del gimnasio, lo será también el tuyo a partir de ahora. ¿Lo entiendes?

-   ¿La verdad? No. Pero tanto va a dar que lo entienda que no, así que paso bastante de discutir, y menos con alguien fosforito. No sería nada serio. Oye, ¿no puedo tomar ni un mísero café? ¿O ir al baño? O… anda, déjame dormir cinco minutos más y bajo. Vete tirando tú, si eso…

Casi sin tiempo a que terminara la frase, las sábanas ya habían desaparecido de la cama y un vaso de agua le había impactado en la cara. Ramón había contado, tal vez, décimas de segundo entre una cosa y otra. Parecía que aquel tipo estaba más que dispuesto y entrenado para empezar a hacerle la vida imposible. Con lo tranquilo que había estado estos últimos días, salvo por el ir y venir de los médicos. Lo que estaba claro, y era consciente, era que algún día se le iba a acabar el chollo, pero no tan pronto ni tan temprano por las mañanas. ¿Qué sería lo siguiente? Así pues, obligándose a no enfadar más a aquel tipo, se levantó de mala gana y se vistió con la ropa que le habían dejado preparada, que era bastante más discreta. Después, no le quedó más remedio que seguir al deportista.

No fue hasta que llegó a la puerta cuando se dio cuenta de que se había levantado sin necesidad de quitarse ninguno de los cables que tenía conectados el día anterior y de que estaba… ¡caminando! La artimaña de entrar en tromba y no dejarle pensar ni un estante había resultado muy efectiva, así que dio por perdido el primer combate. Aquellos tipos jugaban en primera división. Eran listos, vaya que sí. Tendría que estar más alerta, a partir de ahora.

Contra todo pronóstico, cuando llegaron a la sala de entrenamiento no se encontró nada parecido a un centro de alto rendimiento. Es cierto que estaba bien equipada, tanto en cantidad como en calidad, y que no era pequeña, pero era más práctica que diseñada para hacer experimentos.

Los primeros en llegar habían sido ellos dos, pero no pasó mucho más hasta que aparecieron dos de los médicos con su atuendo habitual y el propio señor Pérez, vestido de corto.

-   Buenos días, Ramón, espero que hayas descansado lo suficiente, porque hoy vas a sudar de lo lindo. Me hubiera gustado haber estado presente cuando te levantaste de la cama y caminaste para ver qué cara de sorpresa ponías, pero tuve que atender una llamada importante.

-   Sí, bueno, aquí el sargento fosforito entró como una exhalación por la puerta, así que no me di cuenta de qué ocurría hasta que marchamos. Bien jugado esta vez, pero ya estaré más atento la siguiente. En fin. ¿Y qué plan atroz me tienen ustedes reservado para hoy? ¿Acaso voy a recibir clases para ser un mortal agente ninja o un súper espía? ¿Tal vez me entrenen para ser letal con cuchillos? ¿Con armas de fuego?

-   Con el debido respeto, señor Pérez, le insisto en que me permita llevar a este fanfarrón al tatami para darle tal paliza que se le quite lo gracioso para siempre. Entiendo que sea un tipo importante para nosotros, pero a base de unas buenas hostias seguro que aprendía modales. Tan siquiera a tener la boca cerrada. –suplicó Aguilar.

-   Entiendo que les irrite, sargento, pero mucho me temo que esta clase de personajes lo llevan en la sangre y no aprenden ni por las malas, así que supongo que tendrán ustedes(o tendremos) que vivir con ello. Aunque no por eso tendrá total libertad para hacer y decir lo que le dé la gana, no se preocupe. Ya se le irá dando donde más le duela y cuando menos se lo espere. De esta manera, con el tiempo, llegaremos a un pequeño equilibrio, estoy seguro. Y, ahora, al ejercicio. La idea, estos días, será hacer lo que me temo que no haces muy a menudo, que es ponerse en forma. O prepararte para ello, al menos. Queremos comprobar que nuestras operaciones le han dejado al 100% y que no tiene secuela alguna de todo lo que le ha pasado últimamente.

-   Hombre, seguro que no me viene mal del todo. La verdad es que llevo un tiempo intentando ponerme a ello por mi cuenta, pero soy un poco débil y nunca termino de ponerme el chándal más que para estar tirado en casa. Lo que me tiene más asombrado es que pueda estar siquiera de pie ahora mismo, y ya no le cuento lo de que pueda saltar o hacer pesas.

-   Ya lo hemos hablado. Tenemos unos científicos extraordinarios, que han sido capaces de descubrir nuevas técnicas para la recuperación física, amén de muchos otros avances que no hace falta que enumere ahora. Es casi como tener un poder curativo, solo que no tan milagroso. Es bastante útil, como vas a comprobar. O ya estás comprobando, mejor dicho. Y basta ya de cháchara. A la cinta, y a correr.
Tras un poco de carrera suave vinieron los estiramientos y las primeras comprobaciones médicas, llegando después el turno de la bicicleta estática, abdominales, sentadillas con poco peso, dominadas y multisaltos, todo ello controlado continuamente por los doctores. Lo cierto es que nadie se esperaba un milagro atlético, a la vista del cuerpo de Ramón, pero es justo reconocer que aguantó el tipo como buenamente pudo y, aunque hubo de tomarse varios descansos y no hizo todas las repeticiones en cada ejercicio, la hora y media que estuvo en aquella sala estuvo bastante bien aprovechada, dadas las circunstancias.

-   Has estado genial, ya lo creo. Y ni una secuela de los accidentes,  por lo que me cuentan los médicos. Estás aún mejor que antes de que nada sucediera, de hecho, gracias a nuestras intervenciones. De momento, estarás aquí diez días más, antes de volver a tu vida normal, así que sería bueno para ti que siguieras este ritmo la mayor parte del tiempo. Cuenta con que mañana no te tendrás en pie de las agujetas pero, ¿sabes cómo se quitan? Con más ejercicio. Igual que las resacas se quitan volviendo a beber.

-   Vaya, señor Pérez, ¿ha visto qué hora y media más tranquila, sin oírle decir nada? Esta podría ser una solución perfecta, ¿no cree? –dijo Aguilar.

-   Ahí tiene un posible remedio, tal y como le dije.

-   Ya… te… daré… lo… tuyo…, Jane… Fonda… de… colorines…, ya… te… daré… -esta vez fue Ramón el que intervino, casi sin resuello.

-   Bueno, visto el éxito de la sesión, la damos por finalizada. Antes de que te vayas, una cosa: esta tarde vamos a ir al meollo del asunto, a lo importante. Descansa y relájate, porque ya toca ponernos serios y adentrarnos en lo que realmente nos interesa: tu… habilidad.

-   Me preguntaba cuándo saldría ese tema. Siento decepcionarle, pero no es algo que controle o se me dé muy bien, así que no sé yo lo contento que quedará.

-   Oh, no te preocupes por eso. Sé que lo harás bastante bien. Recuerda también dónde estás. Lo mismo te sorprendes, después de todo.

-   Es verdad, no me acordaba que aquí jugáis al “échale imaginación y crea a tu propio humano con todos sus complementitos adicionales”.

-   Sí, algo así. Aunque sea un sarcasmo, tampoco se aleja de la realidad. ¿Qué quieres? Es lo que hay. Anda, vete a darte una ducha y descansa, ya le daremos nosotros mejor uso a esa cabeza tuya…

Pasó el resto de la mañana en la habitación, tras el baño. La verdad es que estaba molido, no hacía tanto deporte desde… ni se acordaba, siquiera. Pero, aun así, tuvo tiempo para pensar en cómo había llegado a esta situación. Su poder le había aparecido por casualidad, supuestamente. Y nunca le había dado uso en público, así que hasta lo del centro comercial era imposible que nadie lo supiera… a no ser que toda esta gente del gremio tuvieran también tecnología capaz de detectar estas cosas. O gente que lo hiciera. En ese caso, pudiera haber sido un robo a propósito, el del centro comercial, para ver los límites de su poder, en esos momentos. Y luego estaba la persecución sin sentido por la ciudad, el atropello, el hospital, el rescate… ¡Menudos meses!

La putada de todo esto era que se estaba metiendo en lo que pensaba que podría ser una espiral de la que nunca más iba a salir, al menos con vida, porque cada vez se liaba todo un poco más. ¿De qué carajo servía alguien capaz de abrir, a veces, las puertas con la mente? Ese poder parecía más bien una broma, no algo por lo que alguien movilizara tantos recursos y tiempo. No se podía ir a una reunión con gente que pudiera volar, lanzar rayos, hacer magia… y decir que tú abrías puertas con la mente.

-   Pues el otro día volcó un camión con el conductor dentro, y gracias a mi fuerza aumentada conseguí darle la vuelta y rescatar al tipo.

-   Yo estaba pescando en un lago y vi que se caía alguien de una barca. Como puedo respirar cierto tiempo bajo el agua, llegué hasta el hombre y pude sacarlo a la superficie.

-   A mí el fuego no me hace daño, así que colaboré en con los bomberos en los últimos incendios forestales.

-   Yo ayudé a una señora a abrir la puerta de su casa, que se le olvidaron las llaves dentro.

-   ¡Hostia, así que tú eres el cerrajero ese tan famoso que deja tarjetas en los buzones!
-   No, no, ja, ja, mejor… ¡el sereno!

Estaba claro que no había tenido suerte en el reparto y había que aceptarlo. Un timo era lo que le había hecho la naturaleza, tan sabia ella. Ni podía ser una persona normal, ni una que sobresaliera. Se quedaba, podría decirse, en el limbo de lo ordinario. Con todo, poder abrir las puertas sin sacar las manos de los bolsillos tenía su gracia, cuando hacía mucho frío. Vivía con esa y otras mentiras, intentando no sentirse muy desgraciado.

Dándole vueltas a la cabeza llegó la tarde y, con ella, la hora de las siguientes pruebas. Su gran momento, por así decirlo. La de por la mañana había sido la hostia, no sólo se había recuperado en tiempo record de sus lesiones al 100%, sino que se había sentido como si llevara semanas haciendo ejercicio. A saber qué le habían estado metiendo en el cuerpo. Seguro que iba dopado hasta las cejas, pero bueno, como era gratis…

Se repitió la escena del día anterior, con el señor Pérez entrando por la puerta, flanqueado por el trío calavera y, detrás, varios médicos, o científicos, o lo que carajo fueran aquellos matasanos. Había que aprobar una ley que regulara el uso de las batas blancas y las limitasen sólo a un número determinado de profesiones. A un poli se le distingue según se le ve, por ejemplo.

-   ¿Qué tal esas agujetas? ¿Eres capaz de levantarte de la cama o estás reventado?

-   Pues, la verdad, me siento bastante bien. Debería de estar molido, lo sé, pero apenas noto cansancio. Imagino que estos señores están detrás de todo esto, así que ya empiezo a no extrañarme por todo lo que va sucediendo. Cualquiera diría que quieran ustedes prepararme para unas olimpiadas, o algo por el estilo.

-   Bueno, aquí no hacemos grandes milagros, aún. El paciente (por así llamarlo) debe poner también de su parte, pero sí que hemos hecho algunos avances que aceleran el proceso de optimizar a la gente físicamente. Pero en su caso era un extra, una pequeña compensación por todo en lo que se ha visto envuelto, de un tiempo a esta parte y, por qué no decirlo, por todo lo que está por llegar.

-   Ya, entiendo. Una pregunta sin importancia: ¿alguien me ha preguntado si me importa una mierda todo lo que tengan entre manos ustedes o esa gente tan malísima, cruel y sanguinaria que dice que hay ahí fuera? Vamos, pregúnteme. Le animo a que se interese por mi opinión.

-   Ah, la típica protesta del modesto. Grandes activos antes que usted y, seguramente, después también, han dicho y dirán esas mismas palabras (o parecidas), mostrando su malestar por fuera, pero a sabiendas, por dentro, de que estaban llamados a ser algo grande. Sé por lo que estás pasando, Ramón, y no hay problema. Tú mismo saldrás de dudas. ¿Qué te parece si empezamos con la prueba?

-   Como si tuviera elección… A ver, ¿y qué es lo que quiere o pretende que haga?

-   Muy sencillo: abra la puerta que acabamos de cerrar al entrar.

-   En fin, lo intentaré. Hambre, Guerra, Peste, ¿podéis haceros a un lado, chicos?

Cogidos por sorpresa, los sargentos y el capitán se quitaron de su línea de visión en la pequeña fracción de tiempo que les llevó darse cuenta del vacile, y así se pusieron a hacérselo saber al señor Pérez, pero éste les hizo un gesto y obedecieron, no sin antes echar una mirada mortal a Ramón, de esas que vienen a decir: “en cuanto tengamos la mínima oportunidad, te la vamos a devolver multiplicada por infinito”.
A ver, que no os parezca mal, pero si no me equivoco, hoy el protagonista soy yo. Con el debido respeto, por supuesto. Faltaría más.

Divisó la puerta y se concentró. Cerró los ojos y trató de dibujar en su mente la apertura. Abrió los ojos y se enfrentó a ella, nervioso. Saber que estaban pendientes de él no le ayudaba a concentrarse. Intentó recordar cómo se relajaba en casa cuando practicaba y una gota de sudor le recorrió la cara. La puerta aún no había hecho ni siquiera un amago de abrirse. Siguió intentándolo unos minutos más, pero no fue capaz y, cansado, se apoyó con las manos en las rodillas.


-   Así que este era el supuesto fulano que nos iba a suponer una ventaja a la hora de enfrentarnos al resto de aberraciones. Pues mire que tengo imaginación, señor Pérez, pero le juro que no veo mucha diferencia entre la puerta cuando entramos y ahora. ¿Tal vez la cerré demasiado? ¿Tenía que haberla dejado entreabierta? No sé, pregunto. Tú, friki, ¿acaso te molestamos? ¿Su majestad necesita relajación absoluta para obrar la magia de los unicornios? Sigo pensando que esto es una estupidez, lo digo sinceramente.

A pesar de las puyas del capitán Ruiz, y de las ganas que sentía en ese momento de darle un buen puñetazo, Ramón encajó el golpe como pudo, contó hasta diez y se encogió de hombros.

-   Energía negativa, eso es lo que irradian sus sicarios. Pero bueno, ya se lo dije, a pesar de que practico en casa, me cuesta demasiado hacerlo, aún no sé qué necesito para que me salga. Podría ser una situación tensa, relax total o una colleja, no tengo ni idea. Pero ya ve: a veces me sale, otras veces no… y esta vez ha sido que no. No sé por qué tiene tanto empeño conmigo. Además, hablan de combates y de enfrentamientos como si yo tuviera algún tipo de experiencia. Y déjeme decirle algo: detesto toda esa mierda. A mí lo que me gusta es ver series  y pelis, comer, salir con los colegas… Ya sabe, lo que hacemos la gente normal. Bueno, cierto, tal vez no lo sepa, claro.

-   Ya, ya sé que estás todo el día llorando tus dificultades, pero sabes de sobra que puedes hacerlo y es lo único que nos interesa: los resultados. No voy a echarte un capote como si fuera tu padre o tu entrenador ni te voy a dar ánimos como si fueras un crío. Sólo te digo que queremos ver ese poder tuyo en acción porque lo necesitamos. Ya sé que la vida que tú conoces es sencilla, con el día a día, ir a trabajar, salir por ahí, tener aficiones… pero por detrás de todo eso hay otro mundo muy diferente, luchando continuamente por meterse de lleno en el que tú conoces, y ahí entramos nosotros. Mis científicos dicen que tienes un potencial extraordinario, y que lo de abrir puertas es sólo una ínfima porción de la totalidad. Pero, por la razón que sea, ni eso eres capaz. Al menos, por tu cuenta. Y por eso estamos nosotros aquí. 

Uno de los médicos se acercó con un maletín y lo posó encima de una mesa auxiliar. Otro llegó a su altura, introdujo un código y lo abrió, dejando a la vista varias probetas pequeñas, llenas de un líquido que por el color bien podía ser sangre, y una jeringa tipo pistola. 

Ramón había visto todo aquello cientos de veces en sus series y películas favoritas, pero era incapaz de terminar de asimilar que estuviera ocurriendo en la vida real. Se suponía que esos argumentos se les ocurría a los guionistas gracias su imaginación, no porque lo hubieran visto o vivido. Tendría que terminar metiéndose en su personaje, después de todo. No le iba a quedar más remedio. Y más teniendo en cuenta cuánta gente había pendiente de sus progresos.

-   Venga ya, no me jodas que ese líquido es el producto de años de investigación y que, definitivamente, será lo que me dé unos poderes de la hostia. Eso, y que, por supuesto, me va a doler mucho cuando me lo inyecten. Oh, y se me olvidaba: también es posible que no sobreviva al efecto.

-   Es una suerte que te lo tomes con humor, porque sí, es una mezcla de todo eso. Durante las operaciones te hemos estado inyectando una sustancia que tu cuerpo ha asimilado bien, dado que, a simple vista, no te has muerto, no te ha aparecido ninguna otra extremidad, ni cosas por el estilo. No entraré en tecnicismos porque no te enterarías de nada igualmente y tampoco soy tu médico de cabecera, así que basta con decir que lo que llevas dentro reaccionará con lo que vamos a inyectarte y activará, por así decirlo, una parte de tu cerebro que ahora mismo tienes aún en desuso. Tú y todos, claro, pero en tu caso, te adelanto, es donde reside parte de tu poder. ¡Sorpresa! Lo que no sabemos todavía, aunque lo estamos estudiando, es por qué tú.

-   Qué putada, ¿eh? Que llegue un pringado y que pueda hacer cosas que la gente normal no, por mucho que entrene, tiene que doler un poco. En fin, no le demos más vueltas. ¿Quién de vosotros, matasanos, va a ser el tipo al que le coja manía a partir de ahora? ¡Vamos, pinchadme si tenéis cojones!

Casi sin darle tiempo a terminar la frase, sintió un aguijonazo en el brazo que, inmediatamente, empezó a arderle. Esa sensación no tardó ni dos segundos en recorrerle el resto del cuerpo, y apenas un instante mas tarde, empezó a gritar de dolor, a la vez que se daba la vuelta y veía cómo el capitán Ruiz sonreía, mientras sostenía en la mano una jeringa ya vacía.

-   ¡Oh, mamá, qué dolor, cómo escuece y cuánto te odio, pedazo de cabrón! ¡Qué ganas tenías, malnacido! De esta te acuerdas, ya lo verás. Espera a que salga vivo y lo vas a flipar.

-   Bueno, pensé que preferirías no ver el momento del pinchazo, así que te lo he ahorrado, je, je.

-   Esta sí que es buena, ahora resulta que, además de amaestrados, piensan. ¡La guerra ya está ganada!

-   Bueno, dejaos ya de tonterías y veamos si el suero ha surtido efecto. Concéntrate, Ramón. Abre la puerta.

Sin saber cómo o por qué, se sentía diferente por dentro. El escozor seguía ahí, pero remitía rápidamente. Pero había algo más. Lo veía todo de otra manera, y una sensación de hormigueo le invadía la cabeza entera. Al principio fue como una bruma, pero instantes después, lo que se le formó en el cerebro fue una imagen, cada vez más y más nítida. Primero una imagen de la habitación en la que estaba y, poco a poco, de toda la planta en la que se encontraban. Cuanto más se concentraba en aquello, más clara era la imagen. Hasta el punto de asustarse cuando visualizó una mano fantasmal que saltaba de puerta en puerta, a un ritmo frenético, como luchando por desatarse a toda costa de la fuerza que la mantenía cautiva y deseara arremeter contra todas ellas.

Por puro instinto, se concentró en esa mano y consiguió detenerla de repente, domarla. Con un leve movimiento de vaivén, pareció como si se quedase ahí, mansa, flotando, esperando una orden. Y fue en ese preciso momento cuando se dio cuenta de lo que acababa de conseguir.

-   ¿Y tanta historia para esto? ¡Es absurdo, tengo asuntos más importantes que atender y mi equipo me está esperando arriba para una misión de reconocimiento! ¡Usted sabrá qué hace con sus experimentos y sus cobayas, señor Pérez, pero yo tengo trabajo real que hacer, así que me largo! Tener que ver más tiempo a este papanatas me pone enfermo, de verdad. Avísenme cuando se trate de algo importante. -bramó la sargento Torres yéndose airadamente hacia la salida.

Lo que sucedió en el momento en que se acercó a la puerta e hizo el gesto para abrirla, dejó a todo el mundo petrificado: debido al súbito enfado de la sargento, todos se habían olvidado de Ramón y se habían quedado observándola a ella, así que, cuál fue el susto que se llevaron todos cuando la puerta se abrió de repente y le impactó de lleno en la cara, haciéndola caer de espaldas, más por el asombro que por el golpe en sí.

El escaso tiempo que le llevó ponerse de nuevo en pie fue el que aprovechó el resto de la gente para girar la cabeza y dirigir la vista a Ramón, que estaba allí de pie, mirándose distraídamente la palma de la mano, primero, y luego el dorso, antes de alzar la vista, enarcar la ceja derecha, y esbozar una media sonrisa.

10 comentarios:

  1. Maravillosos dibujos para Doorman 13.
    Ramón durmiendo con un muñequito...
    Me gusta que lo inalcanzable me sea incomprensible.

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    1. Los dibujos son un lujo extra y totalmente inmerecido con los que tengo la suerte de contar y que tanto le agradezco a Sara.
      Cuando algo es incomprensible se ve rodeado de un halo de misterio que lo hace aún más interesante.

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  2. Doorman acabaré contigo!... algún dia te eliminaré!. my name's windows woman!

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    1. Sí, bueno, vale, pero... ¿cuál de ellas? ¿La 95? ¿La Millenium? ¿La Vista?
      No te creas que Ramón sea de los que se pasan el día mirando por la ventana, como para que se la puedas cercenar, así de aquella manera.
      De todas maneras, qué manía con el hecho de que tenga que haber, ya, una fémina que le dispute el protagonismo... Aún no ha llegado el momento, aún no.

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  3. Jejejeeee... Estoy acechando, cada día, donde menos te lo esperas, y acabaré contigo Ramón vaya que sí, no sabes con quien te disputas el poder! Ww.... Porque además del superpoder que me supones tengo otro secreto, y ese... Ese!!! Será tu fin!!!!

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    1. Uhm, pues no sé, déjame adivinar: ¿sudas Cristasol a voluntad si están sucias?
      Como si no tuviera el pobre chaval ya problemas, todavía acabará habiendo alguien que le tiene tirria y él sin saberlo. Ya se puede poner a la cola tu WW, porque parece el turno de la charcutería...
      De todas maneras, en fin, todo puede tener cabida, quién sabe. A ver si termina siendo verdad que lo odia a muerte y todo lo demás. O sexo, o algo.

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  4. Me atrevería a aventurar que Anónimo, que escribió tantos poemas sin firmalos, era, a menudo, una mujer.
    La 95, la Millenium, la Vista????
    ¿ La Woolf?




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    1. Windows 95 Woman, Windows Millenium Woman... todas actualizaciones. Como cuando van a la pelu, vamos. Je.
      Si Woolf es Virginia, otra feminista. Quita, quita.

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    2. No todos los hombres tienen una idea medianamente adecuda de la mujer. Para ello hace falta un interés complejo y CASI todos los intereses que CASI todos los hombre experimentan hacia la mujer son demasiado simples.
      Feminazi o no?

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    3. Yo no veo qué puede tener de simple el intentar llegar casi a comprender algo tan titánicamente complejo como la mente femenina.
      Los hombres, en nuestra infinita ignorancia, pues tratamos de reducir toda esa complejidad a lo mínimo, para así poder alcanzar a manejarlo.
      Lo difícil en el entendimiento llega cuando a la mujer, esa reducción necesaria para nosotros, le parece insultante. Me temo que no es, pues, culpa nuestra. Es que aspiráis a más de lo que somos capaces de ofrecer.

      Y sí. Feminazis, feminazis.

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