viernes, 17 de enero de 2014

Doorman 14: Curiosidad


Al señor Pérez se le iluminó la cara. Lejos de enfadarse por el portazo que le había dado a la sargento Torres en la cara, señaló a Ramón con el dedo, moviéndolo de arriba abajo, satisfecho.
  
 -   ¡Ja! ¡Ahí lo tienes! ¡Te lo dije!

 -   No deja de ser sorprendente, eso seguro. Parece que el veneno de estos señores funciona.

 -   Aún queda mucho camino por recorrer, no lo festejemos antes de tiempo, pero que me aspen si no es un logro increíble. ¡Y en tiempo récord! Habrá que esperar un par de días para controlar y atajar cualquier posible reacción o efecto secundario y luego estaremos capacitados para completar la primera fase de este pequeño milagro. Esto supone un imp…

 -   Alto ahí, alto ahí… ¿Posible reacción? ¿Efecto secundario? No estará tratando de decirme que no tienen ni idea de qué es lo que me han metido en el cuerpo ni qué consecuencias me traerá, ¿verdad? ¿Por qué será que ya lo veía venir? 
 
 -   Bueno, hombre, vamos a ver. Nunca antes habíamos hecho este experimento en concreto, y menos en humanos. Se trata de un caso aislado del resto, dado que no tenemos ni idea del origen de tus habilidades. Ha habido casos en los que el sujeto agonizaba al introducir el fármaco en el organismo; otros, en los que, tras varios días de normalidad, la piel se caía a cachos; hubo uno también en el que los órganos internos se licuaron y te puedes imaginar el resto; e, incluso, sucedió también que una chica explotó, y no me refiero en sentido figurado, como pasa normalmente con las mujeres. Con esto no quiero decir que tú tengas que sufrir algo parecido siquiera, sólo que debemos tener los pies en la tierra y ver cómo respondes.

 -   Me quedo mucho más tranquilo, vaya que sí. Desde luego, no sé cómo puedo tener tanta suerte…

 -   Nada, nada –dijo el señor Pérez pasándole la mano por el hombro a Ramón. De momento esto marcha mejor, casi diría yo, de lo que habíamos planeado. Y estoy seguro de que ahora mismo no estás muy triste ni de mal humor, teniendo en cuenta tu nueva y mejorada habilidad. ¡Rayos, pero si debías de estar dando saltos de alegría! No te preocupes, no tienes que agradecernos nada. Chicos, dejemos por hoy las pruebas y permitamos que nuestro amigo tenga tiempo y espacio para trastear con sus cosas. Creo que nos hemos ganado todos un poco de relax, ¿no creéis?

Y, con las mismas, la tropa recogió sus cosas y fue saliendo de la habitación. Si la sargento Torres hubiese llevado pistola, antes de irse le hubiera vaciado a Ramón el cargador entero por haberla puesto en ridículo delante de todo el mundo. No obstante, entrenada como estaba y con tanta gente presente, tuvo que comerse su orgullo e irse como si no hubiera sucedido nada. Ya habría mejores momentos para vengarse.

Aunque por fuera pareciese que Ramón se había tomado todo el tema casi con tranquilidad, por dentro no paraba de darle vueltas y más vueltas, y de ponerse casi histérico porque le habían inyectado nadie sabía muy bien qué, ni tampoco sus consecuencias, ni absolutamente nada… pero, a la vez, tenía una cosa muy clara: vistos los primeros resultados, si antes estaban interesados en él, ahora ya no tenía manera de deshacerse de ellos. Sería su… arma, por llamarlo de alguna manera. Incluso habían hablado, en algún momento, de que esto no era más que un principio, de que podría haber aún algo más, en él.

La resignación, ese recurso tan cobarde y cómodo, se hizo fuerte en su cerebro y le sirvió como placebo. Por su cuenta no iba a descubrir un carajo, como le había venido sucediendo hasta el momento, así que lo más sencillo sería dejar hacer a una gente que no conocía y que pensaba que estaban un poco mal de la cabeza, pero que habían logrado una serie de cosas importantes, con él. Siempre le quedaba la opción de trabajar un poco por su cuenta y no ir descubriendo todos sus insignificantes avances al señor Pérez y compañía.

Pero sus problemas no se simplificaban ahí. Los había estado evitando todo lo que había podido, pero había muchos temas pendientes y no menos importantes a los que seguía sin encontrar una manera de encararlos, llegado el momento. No en vano llevaba desaparecido unos cuantos días ya. De hecho no llevaba ni la cuenta de ellos, pero tanto el curro como su familia y colegas iban a ser un buen dolor de cabeza, a la hora de las explicaciones. Con suerte, el señor Pérez habría pensado en eso por él. Aún así, no podía arriesgarse: debía pensar en ello por su cuenta, por si acaso. Sólo que no tenía por qué hacerlo en esos momentos, ya lo abordaría con calma más tarde. O al día siguiente…

Capaz de concentrarse hasta niveles que ni él mismo conocía, de la misma manera que le llegaron todos esos pensamientos, se le esfumaron, para luego regresar con otra forma completamente diferente: podía dedicar el resto de la tarde, por ejemplo, a hacer trastadas. O también a dar un paseo por los diferentes niveles de aquel sitio, cuartel o lo que fuera, porque aún no lo había hecho y Ramón era un tanto curioso, por decirlo de alguna manera.

La idea de ponerse a deambular por aquellas instalaciones le atraía sólo en parte. Su espíritu de aventura no era mucho mayor que el de un koala somnoliento, así que la alargada sombra de la vagancia volaba en círculos, alrededor de sus escasas ganas de caminar. No obstante, en ese momento, Ramón sentía ese picor que produce el saberse distinto, el notar que tenía mayor control y seguridad en sí mismo. Sumado a que era joven y aún vivía bajo cierto influjo de las travesuras adolescentes, las nubes oscuras de la duda suelen despejarse contra todo pronóstico coherente. Soplaban vientos aventureros.

Así pues, tras todos estos debates internos, se decidió a investigar, si podía llamarlo así. Eso sí, lo primero que hizo fue asegurarse de que el poder seguía estando en el mismo lugar que hacía un buen rato ya. Repitiendo la jugada, puso la mente en blanco y se concentró durante mucho menos tiempo que días atrás, sintiendo vértigo mientras todas aquellas imágenes iban formándose con rapidez, transformando la nada en una estructura de paredes, puertas, ventanas, armarios e incluso objetos más pequeños. En la imagen exterior de su boca abierta, cualquiera podía adivinar que Ramón estaba fascinado, en esos momentos. En éxtasis ante el descubrimiento y ante la aparente soltura, sin apenas falta de práctica.

Jugueteó con la mano invisible rozando, acariciando, palpando, tocando todo lo que se le ponía delante, sintiendo todo lo que estaba a su alcance. En realidad no lo sentía, era una sensación muy parecida, pero no era real, no era una extensión de su mano. La forma fantasmagórica recreaba sus propios sentidos, y le hacía cosquillas en el cerebro.
Tal vez alguien podría llamarlo telequinesis y no se equivocaría del todo, pero esto era algo un poco diferente: no le hacía falta tener algo delante para poder interactuar con ello. Simplemente, al dejar en blanco su mente, obtenía una visión de 360º donde localizaba absolutamente todo a su alrededor… y más allá. De momento, era capaz de “ver” toda la planta en la que se encontraba, no sólo en esa habitación.

Pero eso no eran más que los estiramientos: ahora venía el ejercicio, propiamente dicho. Así pues, metió las manos en los bolsillos de los pantalones, cerró los ojos un instante, los volvió a abrir y dijo, con su sonrisa torcida marca de la casa: -“¡Ábrete, Sésamo!” – y salió de la habitación con aire distraído.

Tampoco es que la aventura fuera a consistir en ir abriendo puertas por todos los sitios por donde pasara, eso sería muy infantil. Pasaría nada más que por el vestuario femenino, por ejemplo, por pensar en un sitio completamente al azar… y, por qué no, por los laboratorios. No hay nada más desternillante que hacer que los científicos, raritos como son, se caguen de miedo por un susto. La típica escena en que se les cae la probeta de las manos, se estrella contra el suelo, se rompe… y empiezan a sonar las alarmas, causando una cuarentena con posibilidad de muertes o, peor, mutaciones. De libro. Sí, ese sería el siguiente paso lógico al casual y totalmente fortuito paso por el vestuario de las chicas.

La verdad es que todo aquel sitio era mucho más grande de lo que aparentaba. Cualquiera diría que realmente esas personas pudieran ser como las de las películas, que siempre hay montones de gente deambulando por las bases secretas y haciendo un montón de cosas importantísimas, sean cuales sean: mirar una pantalla fijamente, llevar papeles de un lado a otro, caminar por los pasillos en parejas, plantarse en mitad de una sala con las manos a la espalda y observar un montón de lucecitas parpadeando, estar escuchando información por uno solo de los dos auriculares, gritar órdenes, tomar apuntes…

La única diferencia es que allí parecía estar todo bastante más tranquilo. Como dominando la situación, fuera la que fuese. Además estaba todo bien indicado, como para tontos. Es decir, no hacía falta llevar un plano en la mano para no perderse. Se habían molestado en indicar dónde estaba cada sala. Porque está muy bien todo un complejo en blanco inmaculado, todas las paredes lisas, impolutas, y quizá un esporádico número o una solitaria letra, pero lo cierto es que los carteles ayudan un montón. Tanto para que un héroe o un terrorista se sitúen, como para los muchos trabajadores que han de guiarse a diario por todos esos laberintos.

Aunque tan, tan grande, no era todo aquello, Ramón agradeció la ayuda en su paseo. Que resultó ser más bien aburrido, porque se encontró con poca gente y, la que se tropezaba, tampoco es que le hiciera mucho caso. Eso sí, quiso la coincidencia o la casualidad, que de uno de los baños de esa planta saliera la sargento Torres. En realidad ya volvía de regreso a la habitación cuando sucedió. Caminaba distraído cuando la vio salir, acompañada, claro, por otra mujer. Ramón aprovechó, recreándose un poco (todo hay que decirlo), y les miró el culo un rato. El justo para que el instinto, o quizás el séptimo u octavo sentido femenino, hiciera que ambas chicas se dieran la vuelta y lo cazaran, lo que provocó que el color le llegara de repente a la cara y, por puro espíritu de supervivencia, echase a correr en dirección opuesta, con la esperanza de haber desconcertado lo suficiente a sus, en esos precisos instantes, perseguidoras.

Seguía sin estar en forma, pero cuando uno lucha por su vida, la adrenalina le ayuda a hacer proezas, lo cual se tradujo en que, tras doblar varias esquinas, aún no le habían dado caza, y ese margen le fue suficiente para trazar un improvisado plan e, incluso, tratar de llevarlo a cabo. Consistía en probar algo que hasta ahora no había intentado, que no era otra cosa que tratar de usar su poder mientras se movía a casi toda velocidad, dejando atrás la concentración y a la madre que la parió. La idea era, al menos, despistarlas metiendo ruido y haciendo creer que se había metido en cualquiera de las salas, consiguiendo algo más de tiempo para cuando eso de la adrenalina empezara a fallarle, cosa que no tardaría en ocurrir.

En la práctica, nada de eso le estaba saliendo muy bien, lo cual se tradujo en que no había conseguido abrir ni una sola, notando ya en la nuca el aliento cabreado de la sargento y su compañera, cuando decidió poner en marcha el plan B, que no era otro que llevar a cabo el plan A, pero en modo manual. Esto es, cogió la primera puerta que encontró y lanzarse dentro.
Quisieran los dioses de la fortuna o fuera fruto del azar, la cosa es que terminó entrando en la sala que tenía premio: entre varios investigadores se encontraba el Señor Pérez, a quien le estaban explicando algo que Ramón, ni se enteró de qué carajo era, ni una mierda le importaba. La luz de baja potencia de su cerebro se encendió con cierto esfuerzo justo cuando llegó a su lado y dijo:

 -   ¡Hooombre! ¿Qué tal, señor Pérez? ¿Cómo le va? Justo estaba pensando en hacerle una visita y mire qué casualidad…

 -   ¿Y por qué parece que vengas de correr como alma que lleva el diablo?

 -   Esto… no, no, qué va, lo que pasa es que tengo esa sensación de claustrofobia y…

Justo estaba diciendo la primera tontería que se le pasó por la cabeza cuando por la puerta entraron las chicas como una exhalación, a grito pelado:

 -   ¡Ahí está! ¡Esta vez te mat…! ¡A la orden, señor Pérez! – dijo la sargento Torres, cuadrándose de inmediato.

4 comentarios:

  1. El señor Pérez es catalán...
    No me lo habría imaginado jamás.

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    1. Vaya, te juro que me has dejado con la intriga de conocer todo el proceso para llegar a esa conclusión.
      De hecho, yo tampoco lo habría imaginado.

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  2. Sargenta Torres....
    ¿Torres más altas caerán?
    Hazañas bélicas, Tuko.:-)

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    1. Sargenta... La verdad es que una de las acepciones que tiene esa palabra CASI podría servir para Torres, pero no. No del todo. Seguirá siendo sargento.
      Por cierto, los cómics de Hazañas Bélicas, ¿no están ahora en las tiendas de nuevo, en plan colección? Todo un clásico, ya lo creo.

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