viernes, 4 de julio de 2014

Doorman 17: Sur

No es probable que, no siendo una noche estrellada, aunque sí con la luna menguante, fuera capaz de situarse ni, mucho menos, adivinar la dirección que tomaba el vehículo cuando salieron de la base. Lo que sí es cierto es que, tal vez, el chicle que le había ofrecido el chófer no lo debería de haber aceptado. ¡Estaba preparado para enfrentarse al Mal, si picaba con el truco más ingenuo y viejo del mundo del espionaje! Aquel canalla le había metido dentro algún somnífero considerablemente potente, ya que no recordaba haberlo mascado más de dos o tres veces antes de caer en los brazos del agente secreto Morfeo Cero Siete.

Todo eso o, más bien, solamente eso, era lo que recordaba Ramón cuando despertó frente a su portal, con todos los bártulos ya en la acera mientras que, el conductor, paciente, fumaba un cigarrillo apoyado en la pared.

- ¡Hombre, veo que ya te has despertado! ¿Qué tal el viaje? ¿Te mareaste?

- ¡Qué sorpresa, me ha tocado el lacayo amaestrado y gracioso! ¿Cómo funciona? ¿Os escogen por vuestro sentido del humor o también experimentan con vosotros para haceros así? Desde luego, sois desternillantes. ¿Qué hora es, esbirro de tres al cuarto?

- Pues, tal y como le dijo el señor Pérez, hemos llegado a las tres de la madrugada.

- Muy irónico: puntualidad inglesa, como vuestros chistes. Oye, pues ya que te has puesto, ¿por qué no me echas una mano y me ayudas a subir todo el equipaje a casa?

- Fácil. Porque no me sale de las pelotas, básicamente, don Especial. ¿No tienes ningún poder de esos que las haga levitar? No, ¿verdad? Pues ya sabes: antes empiezas, antes terminas.

- Pues te vas a quedar sin propina, me temo.

- Bueno, no contaba con ese detalle, aunque intuyo que intentas vacilarme, así que te vas a quedar con las ganas. En fin, yo me piro. No sé, ¿quieres otro chicle? ¡Ja, ja!

Con las mismas, el conductor se incorporó, se metió en el coche, arrancó, y se fue. Como a esas horas no había nadie en la calle, en cuanto el vehículo se perdió de vista, el silencio, que esperaba tras la esquina, envolvió el barrio por completo.

Ese momento de completa tranquilidad lo pedía, así que Ramón, allí de pie, rodeado de maletas, cogió aire y respiró su entorno. Su calle. Hacía tiempo que no lo hacía, desde luego. Y era tal y como lo recordaba, afortunadamente. Después cerró los ojos unos instantes, suspiró y decidió subir a su piso. Estaba cansado y al equipaje no le iba a salir un montón de patitas y a echar a caminar detrás suyo.

Entrar en casa fue bastante emotivo. Sin falta de haber sido una temporada tan larga fuera de ella, la extrañaba y la echaba de menos. Era su refugio, el lugar donde, hasta ahora, había vivido tranquilamente todos estos años. Sin embargo, tras el placer inicial de verse en un sitio familiar, se descubrió a sí mismo pensando que ahora carecería de esa privacidad, que ya no podría nunca más volver a ser su refugio privado y desconocido para el resto del mundo. Lo poco que había aprendido estando con aquellos tarados secretos es que, precisamente, los secretos no existían, para ninguno de ellos. Por eso, cuando terminó de subir todos los bártulos, se fue directamente para la cama y se acostó, con la pegajosa sensación de que, incluso en aquellos momentos, estaba siendo observado de alguna manera.

Para ser sábado por la mañana había mucho jaleo en el barrio. O eso debió de pensar Ramón que sucedía hasta que miró el reloj y vio que las doce ya habían pasado hacía un buen rato. Efectos aún del puñetero chicle, supuso. Para colmo, no había comida en casa: tendría que bajar a comprar algo, aunque sólo fuera para desayunar.

- En fin, supongo que aquí empieza de nuevo lo cotidiano. Y mira que es lo que llevo días queriendo que llegue, pero no sé... - dijo Ramón a sus electrodomésticos, quizá, que lo observaron impasibles, como sólo unos electrodomésticos pacientes consiguen lograr..

Siguió rumiando su resignación con pocas ganas mientras se vestía, con tan buena suerte que una idea se hizo un hueco en su cabeza:

- ¡Vacaciones! ¿Quién quiere volver al trabajo el lunes cuando puedo largarme unos días por ahí a rascarme la barriga? Total, la misma excusa que vaya a poner en el trabajo para las últimas semanas, lo puedo engordar tres o cuatro días más. ¡Como cuando se pide una hipoteca para un piso, que siempre se pide un poco más...!

El lugar sería fácil de escoger: lejos de allí. ¿Qué más daba dónde ir, mientras pusiera tierra de por medio? Definitivamente, el Sur sería el lugar adecuado. Además, allí conocía gente y sabía de un sitio donde alojarse en el que nadie en su sano juicio se atrevería a ir a buscarlo.

Miró el calendario por curiosidad y comenzó a reírse con fuerza. Cosas de la vida, se cumplían esa semana dos años desde la última vez que había pisado aquel lugar. También eso iba a ser casualidad. Dos años desde la última vez que, irónicamente, dos puertas, hubieran estado a punto de dejarle encerrado en el baño del hotel donde se alojaba. No lo dudó, aquello merecía venganza, aunque a alguien de fuera le pudiera parecer una soberana gilipollez.

A sus colegas no les iba a decir nada acerca de la escapada. Ni a los de su entorno, ni a los sureños. Además de querer darles una sorpresa, era una significativa prudencia que tomaba tras todo lo acontecido, últimamente. Si las paredes tenían oídos, esta vez tendrían que comprar un audífono.

Preparó una pequeña mochila, después de deshacer la de la noche, y se preocupó de meter solo ropa para el calor: unas camisetas y varias mudas. Fin. Tan sólo faltaba escoger el medio de locomoción y, como la cosa iba de pasar desapercibido, se impuso la opción autocar. Como, además, había uno que salía a última hora de la tarde, decidió que sería ese el que iba a coger. Eso sí, nada de comprar los billetes por internet. In situ en la estación, y el pago en metálico. Pensándolo bien, le estaba pillando el tranquillo al tema ese del espionaje.

Durante el resto del día no hizo gran cosa, salvo meditar. Pensar en todos los cambios nuevos que tendría que introducir...

- ¡No, tío, que cambien ellos, que les den por el culo! ¡A ver quién se cansa primero de jugar a esto!

La cosa era muy sencilla: según el señor Pérez, los malos lo iban a estar acosando día y noche, mientras que ellos, los buenos, lo iban a estar protegiendo todo el rato. La conclusión era, pues, que si tan magníficos eran unos y otros, se anularían mutuamente. Uno menos uno igual a cero.

De momento, como la historia era largarse unos días de vacaciones, decidió echarse la mochila al hombro y salir de allí. Ni siquiera iba a comprar el desayuno. Lo tomaría por ahí, en cualquier parte. Además, entre pitos y flautas, ya era la hora de comer.

Como llovía bastante, se subió al autobús urbano, que tenía una parada justo en su portal. Para ser aquella época del año, el tiempo podía respetar un poco más, pero no había manera. Además, debía de haber empezado a caer agua hacía poco y de manera repentina, porque casi todo el mundo estaba en la calle sin paraguas, corriendo de un lado para otro, protegiéndose de la lluvia como podían. Eso, y que el bus estaba hasta arriba de usuarios calados hasta los huesos.

-¡No me cierre la puerta, por favor! - gritó un hombre que llegaba a la carrera cuando el transporte ya estaba a punto de salir.

- Menudo día, ¿verdad? ¿También le pilló desprevenido?

-Ya lo creo, debería haber prestado más atención al salir de casa esta mañana. Cuando menos te lo esperas, te cazan. Y eso que llevábamos varios días de buen tiempo.

- A ver, tenga cuidado con el brazo, que voy a cerrar la puerta. A ver, los de ahí atrás, ¿podrían ir hacia el fondo, para que quepamos todos? Muchas gracias.

Y, sin más incidencias que todas las derivadas de un viaje en un bus urbano, abarrotado de gente, en una ciudad colapsada por la lluvia y el tráfico, llegaron a su parada, casi una hora después. Desde luego, para hacer tiempo, aquello había sido una idea genial. Y qué olores tan exquisitos, la mezcla de humedad y sudor...

Eso sí, las horas no pasaban mientras se acercaba, a pasos muy lentos, el momento de subir al transporte que le iba a llevar mil kilómetros más lejos. En cualquier caso, el tiempo no se puede detener, así que, tras una tarde agónica de agua y de dar vueltas sin sentido por la ciudad y deambular por tiendas en las que ni siquiera había entrado nunca, llegó el momento de ir, por fin, a la estación de autobuses.

Si bien era lo que había pretendido todo el día, lo cierto es que la parte de su cerebro gobernada con mano de hierro por su ego echaba de menos no haberse topado con nadie conocido. Y más después de haber pasado tantos días ausente. Pero ya poco importaba lo que quisiera o dejase de querer: el autocar había entrado en la estación y Ramón se acercó a la ventanilla a comprar el billete.

- Uno de ida y vuelta para...

- ¡No me lo diga, no me lo diga! ¡Este!

- ¿Cómo lo has sabido?

- No se lo creerá, pero con el suyo llevo cuatro aciertos seguidos.

- Pues tienes razón, no me lo creo. ¿Quién eres y cómo has sabido eso?

- Mire, mire cómo vuelvo a acertar con el siguiente.

- Hola, buenas, quisiera uno de ida a... - empezó a decir un nuevo cliente.

- ... ¡Ja, ja, ni que fuesen ustedes dos juntos de vacaciones!

- ¡La leche! ¿Cómo es posible...?

- Se lo estoy diciendo: lo adivino. No me pregunte cómo puedo hacerlo, pero ya ve...

- ¿Y adivinas más cosas, además del destino en autobús de la gente?

- Pues creo que no, no lo sé. Para mí que el resto de puertas las tengo cerradas. Pero esta, la puedo abrir con la mente.

- ¡Madre mía, cómo está el patio...! En fin, hasta luego, señor adivino.

- Adiós y buen viaje, R... caballero.

Aunque le iba cogiendo el toque a lo de ser medio espía, medio héroe de serie B, no se percató de ese último detalle, entre otras cosas, porque estaba más atento a la casualidad de que el último viajero fuese al mismo sitio que él. No le quitaría el ojo de encima, por si acaso. De lo que sí estaba seguro es que no era posible que alguien supiera su escapada al Sur, puesto que a nadie se lo había comentado. Pero aquel era ahora un mundo más raro aún que antes, y debía estar atento a los detalles.

Justo antes de subir al bus, tuvo aún tiempo para comprar una botella grande de agua y unas monedas de gominola. Mientras pagaba, su sexto sentido le sugirió que prestara atención a lo que estaba captando por el rabillo del ojo: una cara no del todo desconocida, pero no la era capaz de ubicar. No sabía si amiga o enemiga, porque le sonaba muchísimo, aunque muy, muy vagamente. Por si acaso, compró también una revista, la cual simuló leer camino del autocar, sin perder de vista al individuo sospechoso.

No pudo respirar tranquilo hasta que, cinco minutos más tarde, el conductor arrancó y se pusieron en camino.

8 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Tenía que hacerlo, llevaba demasiado tiempo parado para las pretensiones que tenía a principios de año.

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  2. Está claro que la mente de los superhombres con superpoderes es, cuanto menos, imprevisible. ¿ Vacaciones? ¿Eso es en lo que piensa Doorman tras una experiencia así?
    Aunque quizá lo que realmente esté en su mente sea el SUR y exista una, o casi seguro, dos "poderosas razones" que le llevan a decidir ese destino.
    Esperaremos al 18...



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    1. Esa forma de pensar es de una mujer, de eso no me cabe duda. Ramón está agobiado por todo lo que le ha pasado, y decide que se pillatres o cuatro días de descanso, para poner en orden su cabeza y reducir la velocidad.
      Lo del Sur fue por coincidencia de acontecimientos y fechas, no se debe a nada tan maquiavélico como, interpreto, encontrarse con alguna mujer.

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  3. Coño, maquiavélico que Ramón se encuentre con una chavala?
    Joder, Tuko, un poco de pasión entre tantos capítulos de acción!!!!!!
    Molaria :)

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    1. Es innegable que pudiera ser cierto la "molabilidad" de un toque eléctrico con alguna chica, pero seguramente eso haría que Ramón terminara siendo un moñas, y entonces se perdería como superhéroe. Siempre pasa.
      Recuerdo que aún existe Paloma, aunque no haya vuelto a aparecer aún...

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  4. Hombre, un poco moñas ya parez, eh!!!
    Un paisano no lleva chuches pal Alsa, lleva un bocadillo de chorizu, por lo menos.

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    1. El bocata se come en Villalpando, que para eso continúa la costumbre de la parada obligatoria.
      Las chuches son una distracción. ¿Habrá algo peor para el resto de pasajeros que alguien comiendo un bocadillo de chorizo... y los demás sin poder hincarle el diente?
      ¡Solidaridad!

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