jueves, 17 de julio de 2014

Doorman 18: Viaje


Una vez hubo arrancado el autobús se sintió más seguro. Al menos, se permitió a sí mismo relajarse. Allí dentro no había mucha gente y el tipo que se bajaría en su misma parada se había sentado delante, al lado del conductor, lo cual le suponía una preocupación menos.

La lluvia que había estado presente durante todo el día seguía siendo protagonista, aunque ahora, con un cristal de por medio, era bastante menos molesta, e ignorarla era sencillo: bastaba con cortarse las venas y, al cabo de un rato, dejaba de sentirse. No obstante, con unos auriculares y un poco de música también se mitigaba el incordio.

Puesto que un viaje en autocar no es un nido de anécdotas ni algo muy entretenido, poco tiempo tardó Ramón en dormirse. Tenía diez horas por delante, y además por la noche, así que tampoco es que tuviera mejores planes. A parte de eso, digan lo que digan, en carretera no se lee cómodamente. Imposible, por más que la gente se empeñe en asegurar lo contrario.

El trayecto era todo por autopista, así que, teóricamente, las curvas deberían ser las grandes ausentes. Nada más lejos de la realidad, puesto que cada vez que salían de una, entraban en otra. No es que no lo supiera de sobra, había circulado por allí cientos de veces, pero el cansancio y el aburrimiento lo hacía todo más duro.

Curiosamente, para alguien ajeno a aquella carretera y esa zona, hubiera podido haberse percatado de que, casi al mismo tiempo de que todo el ajetreo de las curvas cesaba, la lluvia remitía. Y ese hecho fue lo que propició que Ramón pudiera, al fin, roncar plácidamente, bajo el amparo de la oscuridad en el autobús. De otra manera, habría notado las malas caras del resto de pasajeros, que intentaban hacer lo propio y les resultaba un poco complicado.

No obstante, el sueño no fue todo lo largo y reparador que le hubiera gustado que fuera ya que, más o menos una hora y media más tarde, la voz del conductor anunciando una pequeña parada en un área de servicio, le despertó.

Al igual que los otros quince o veinte pasajeros, se adecentó un poco y bajó. Aunque ya era de noche, aún no era muy tarde y en la cafetería de la gasolinera todavía había gente, más si se contaba a las personas que habían llegado casi a la vez que ellos, en otro par de autobuses.

Como no tenía intención de comer ni beber nada, se quedó fuera tomando el aire, pensando en nada. Aunque ese suele ser el momento en que las chicas suelen escoger para hacer su gran pregunta: "¿En qué piensas?", allí no apareció nadie para perturbarle la paz. Así, de esa manera, pasaron los minutos que duraba la parada, mientras la gente iba saliendo poco a poco del local, la mayoría para fumar un cigarrillo.

Cuando salió el conductor, Ramón hizo lo propio de su burbuja en el vacío y, por instinto, buscó al fulano que le había parecido sospechoso. No tardó en divisarlo porque estaba a punto de pasarle justo por delante, con un trozo de bocadillo en la mano. Con un gesto universal de alzamiento combinado de cabeza y cejas, ambos se dieron por saludados y se dirigieron al vehículo.

Poco a poco, los pasajeros de todos los transportes fueron dejando la cafetería para proseguir sus respectivos viajes, aunque en esta ocasión la salida fue a la inversa de la llegada, ya que una señora del de Ramón se había acordado a última hora de ir al baño. Tampoco es que supusiera un retraso insalvable, pero siempre tenía que haber ese alguien, en cada viaje. Una vez a bordo, pues, la señora pidió disculpas al chófer, que cerró la puerta, y prosiguieron el viaje.

Como no había apenas tráfico y era de noche, la manera que había de entretenerse mientras volvía el sueño era averiguar cuánto tiempo tardarían en alcanzar a los otros autobuses o si lo lograrían, ya que no podía haber mucha diferencia entre sus velocidades. En su caso, parecía que el suyo iba algo más ligero porque, aparentemente, se acercaban, aunque al estar a oscuras era muy complicado afirmarlo.

No obstante, al cabo de no mucho tiempo, una media hora o así, el juego se volvió un poco más aburrido, ya que uno de los autobuses que les precedían tomó otra dirección diferente, dejando el entretenimiento en una carrera de dos. Eso, sumado a que le volvió a dar el sueño, hizo que echara otra pequeña cabezadita.

Cuando volvió a abrir los ojos, lo primero que hizo fue mirar la hora. Habían pasado otro par de horas, lo cual no estaba nada mal, aunque era mejorable. Después, miró por la ventanilla. Tal y como se había imaginado, el otro autocar estaba ahora muy cerca, no habría ni doscientos metros de diferencia. Sonrió de medio lado por haber acertado, aunque lo que de verdad era casualidad es que estuvieran haciendo un trayecto parecido.

En todo esto estaba pensando cuando le pareció escuchar un ligero, pero ascendente, ruido en el exterior. Al ser de noche, nada se veía, pero él lo escuchaba. Y sonaba cercano porque se fijó en que al menos un par de personas más estaban mirando por las ventanillas.

Cada vez se oía más cerca y un poco más alto, aunque no mucho cuando, de repente, pasó de largo, como si algo fuera a muchísima velocidad, y desapareció. Instantes más tarde, un golpe en el techo del autobús, como si algo hubiera caído desde el cielo, hizo que todos despertaran de golpe y vieran, asustados, cómo el techo se había abollado hacia el interior notablemente.

No pasaron ni dos segundos cuando las luces del autobús, que estaba reduciendo la velocidad tras la reacción del conductor, iluminaron lo que podría ser un cuerpo aterrizando en la calzada y echando a correr a una velocidad imposible en dirección al otro vehículo. Le dio las largas reiteradamente para tratar de avisarlo, pero fue del todo inútil porque, antes de darse nadie cuenta pudo verse, aunque a duras penas, cómo el autocar que iba delante se partía en dos, haciendo que ambas partes se arrastrasen por la vía y una de ellas diera una vuelta de campana cuando llegó al arcén.

Debido a la velocidad que llevaban y, a pesar de haber estado reduciendo poco a poco, el autobús en el que iba Ramón tuvo que emplear sus frenos a tope para evitar chocar. Aún así, ya estaba demasiado cerca como para lograr detenerlo por completo, con lo que el impacto fue inevitable, aunque sin apenas consecuencias.

El momento de confusión fue terrible y lleno de gritos, con los pasajeros amontonándose en las puertas para salir. Una vez fuera, a pesar de los nervios, la gente comprobó que estaba bien y fue recuperando la calma. Al menos cuatro personas se repusieron con mayor velocidad y fueron corriendo hacia el autobús partido, seguidos de cerca por el conductor. Ramón también los siguió, aunque reaccionó más lentamente.

Cuando los primeros llegaron, vieron a la gente de la parte menos dañada tratando de salir por su propio pie, así que se dirigieron a la que había volcado. Allí, la situación era más difícil. Varias personas estaban ayudando a salir de sus asientos a quienes se habían quedado atrapados, mientras que los desgraciados que estaban más cerca del punto de impacto aparecían despedazados, con partes del cuerpo por el suelo y con otras aún en su asiento, con el cinturón abrochado.

A pesar de todo, era sorprendente la velocidad con la que todo el mundo se había repuesto, aun con la imagen dantesca de los muertos justo delante, y se centraba en ayudar e intentar poner fuera de peligro a los heridos. Podría tratarse de la adrenalina o del mero instinto de supervivencia. En cualquier caso, parecía un trabajo de profesionales.

Como a esa hora casi no había tráfico, tan solo unos pocos coches fueron parando, ofreciendo ayuda y el propio coche por si había que evacuar a alguien, pero visto el control de la situación, entre comillas, simplemente aguardaron por allí para señalizar el aparatoso accidente. Todo esto mientras se esperaba por la ayuda sanitaria, a la que también se había avisado ya.

De repente, sin que nadie se hubiera percatado, por motivos obvios, dos furgonetas grandes y negras llegaron a toda velocidad a la zona iluminada por el resto de vehículos y se detuvieron, abriéndose sendas puertas laterales y dando lugar a un despliegue de gente armada que cogió a todo el mundo desprevenido. De hecho, aunque todo el mundo hubiera estado atento, les hubiera parecido demasiado rápido como para poder reaccionar.

Uno de los equipos salió corriendo de la vía por el arcén, justo por detrás de la parte del autobús que se había dado la vuelta de campana y, si alguien se hubiera fijado, habría visto que dos de los tipos llevaban una gruesa cadena entre ambos y un collar.

El otro equipo se dividió también en dos grupos de tres personas, a la voz de:

- ¡Equipo uno, localizad al sujeto! ¡Equipo dos, limpieza!

Sin más palabras, uno de los grupos se internó entre los autobuses y los pasajeros, mientras que el otro se dirigió, primero, a los coches que había parados, donde comenzaron a abrir fuego con sus armas y sin desperdiciar ni un solo disparo, y sin dar ni una sola posibilidad a la gente que había dentro.

Para cuando el otro equipo llegó a donde estaban los accidentados, algunos ya habían visto parte de lo que estaba pasando, y se quisieron enfrentar a los recién llegados, que recibieron con agrado la resistencia y no se sintieron tan mal cuando se pusieron a causar bajas, dando el dudoso honor de ser los primeros en caer a esos valientes.

Al mismo tiempo que localizaban a Ramón, que se disponía a echar a correr hacia cualquier parte de la oscuridad cuando se dio cuenta de que todo esto podía ser por él, el primero de los equipos apareció de nuevo, llevando consigo algo o alguien con forma humanoide, a quien le habían puesto las cadenas y el extraño collar.

- ¡Tenemos orden de no matarte, pero nadie ha dicho nada de pegarte un tiro en la rodilla! - gritó alguien que ni siquiera había hecho el amago de perseguirle.

- ¡Bah, sois unos abusones de mierda, en igualdad de condiciones no tendríais huevos a hacer nada de esto!

- ¡Vale, si te apetece mucho podemos probar, pero antes sería bueno para ti no provocar mucho a estos abusones! Oye, y ¿quién dice hoy en día la palabra "abusones"?

- ¡Os estáis equivocando de persona, yo no he hecho nada!

- ¡Anda, deja de dar el coñazo y ven aquí, que no me apetece estar dando voces en mitad de la nada! ¡O eso, o las llevas!

Haciendo caso a regañadientes, Ramón hizo el amago de obedecer y, cuando el hombre bajó el arma, intentó, desesperada e inútilmente, volver a tratar de escapar, pero el sonido de una bala pasando muy cerca de su cabeza, le hizo desistir y regresó, resignado.

- ¿Por qué carajo yo? ¡Si soy un tío normal que curra en un supermercado!

- No es eso lo que me han contado a mí, así que circula, Don Importante.

Y con las mismas lo llevó, sin que ofreciera más resistencia, a donde esperaban las dos furgonetas. Eso sí, para mayor desgracia, tuvo que ver lo que habían hecho con sus compañeros de viaje, incluido el tipo que pensaba que no era trigo limpio. Ni siquiera se habían molestado en llevarlos a ninguna parte. Una por una, habían abatido a todas las personas involucradas, quedando solamente él en pie.

- ¿Y todo esto por mí? Sois unos auténticos hijos de puta...

- Pues haberte quedado en casa. Nada de esto habría sucedido.

- ¿Y quiénes sois vosotros?

- ¿Nosotros? Joder, chico, ¿quiénes vamos a ser? Somos... ¡los malos!

7 comentarios:

  1. Joder con los malos, vaya tela........

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  2. El humanoide con collar y cadenas....
    Tira de ese hilo!!!!!!
    Esto promete.
    Extraterrestres?
    Sumisión?
    La CIA?
    Más, más, please!!!!!

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    Respuestas
    1. Si me metes presión así me obligas a pensar pronto en el siguiente capítulo. ¿Acaso pretendes que me explote el cabezón?
      La verdad es que, cuando empecé el 18, no tenía ni idea de que iba a terminar así. Creo que, en algún momento, se me fue un poco la olla... ¡A ver cómo salgo ahora de esta! ¡Y Ramón!

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    2. Presión, presión....
      Indolencia y haraganería son vicios de artistas consagrados.
      De momento, tu cúrratelo, majo.
      Queremos más ya!!!!

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    3. Jo, qué mala leche.
      La verdad es que pensaba dejarlo para cuando estuviera de vacaciones, pero supongo que tendré que pensar en alguna idea antes...

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