jueves, 15 de junio de 2017

Doorman 22: Huida

- No puedo más, no puedo más, no puedo...

- ¡Venga, date prisa, que nos pisan los talones! ¡Si tengo que volver yo otra vez a por ti va a ser peor!

- ¡Ya va, joder, ya va!

De dónde sacó Ramón las fuerzas que necesitaba para hacer el último esfuerzo no lo sabía ni él, pero tenía muy claro que las agujetas al día siguiente iban a ser de escándalo. Apuntarse a un gimnasio a primeros de año ganaba enteros en su bloc de notas mental como algo de máxima necesidad. Este estilo de vida que llevaba últimamente exigía medidas extremas. Como extrema fue la perplejidad cuando llegó por fin a la altura del vehículo de huída.

-¿Y esto? O sea... ¿Un coche eléctrico? ¿En serio? ¿Qué clase de rescate es este?

- ¿Te salen los pulmones por la boca, que ya te vale de ser tan vago, y aún te quedan ganas de protestar hasta por el coche? Mereces que nos larguemos de aquí sin ti.

- Uy, sí, la diferencia sería grandísima. A poco que consigan ellos un vehículo de verdad no tardarán más de diez minutos en darnos alcance.

- De verdad, chico, eres desesperante. ¡Entra en el coche de una maldita vez o yo misma te devuelvo a esa panda de inútiles!

Hubiera arrancado ya o no, la cosa es que el coche comenzó a moverse sin hacer nada de ruido. Pensándolo bien, para llegar a un sitio de incógnito y sin llamar mucho la atención, aquel no era un mal método. Ahora era el momento de comprobar si para escapar también resultaba bueno.

Como acto reflejo, tanto Paloma como Ramón miraron hacia atrás a la vez para ver los progresos de sus perseguidores, sintiéndose aliviados porque les habían ganado terreno peligrosamente. Nuevamente, la sincronización del más puro instinto les llevó a agachar las cabezas simultáneamente cuando se dieron cuenta de que se apostaban para abrir fuego contra ellos.

- Qué idiotas, igual piensan que este cacharro puede explotar como en las pelis.

- ¿Y si te digo que es más fácil de mandar a la porra un coche eléctrico que uno normal?

- ¡Mierda! ¡Acelera, tú! ¡Contramedidas! ¡Pulsa botones! ¡Haz algo! ¡Socorro!

La mayor parte de las balas pasaban silbando alegres melodías sin causar demasiados problemas, pero alguna que otra decidió horadar sin compasión la carrocería. No obstante, dada la dificultad que conlleva una buena carrera en campo abierto, sin la vestimenta adecuada y con el añadido de complementos no más cómodos, tales como cosas de disparar, la puntería no le tenía nada que envidiar a la de los secuaces de las películas de los ochenta. Ya sería mala suerte que un extra anónimo de una escena acertase al héroe en plena huida. Así pues, al cabo de unos segundos interminables, salieron de aquella lluvia horizontal de plomo y pudieron volver a respirar con relativa seguridad.

- Je, je, vaya como te habrán dejado el Ferrari, amigo. ¡Aire acondicionado gratis! A propósito, me llamo Ramón, mucho gusto.

-Ya lo sé.

- ¡Madre mía, parece que estéis todos cortados por el mismo patrón! Unos más cabrones que otros, pero la base es la misma: secos, malencarados y desagradables. Y los que salen mal los meten en política. ¡Bravo!

- No habla mucho, pierdes el tiempo. Precisamente por eso me gusta trabajar con él. Hace su parte, no protesta y es de confianza.

En otras circunstancias, el comienzo de la huida hubiera estado inundado de quejas por el tema de la velocidad, pero todo lo que fuera poner cierta distancia entre los perseguidores y ellos parecía aliviar la tensión del momento y complacía a todos por igual. No obstante, ese placebo sólo hizo efecto un rato.

Lógicamente, aunque les hubiera pillado por sorpresa la treta, los esbirros de Salomón tenían tablas. Y recursos, que era lo que había que temer.

No pasó mucho rato hasta que los problemas volvieron a la carga. A priori, tres o cuatro motos de cross y varios todoterreno tenían todas las papeletas para conseguir dar alcance rápidamente a los fugados, como así lo certificó el silencioso conductor con un seco gruñido y frunciendo el ceño.

Como cabría esperar en alguien versado en miles de huidas ficticias, la mente de Ramón comenzó a trabajar automáticamente, haciendo pasar ante sí montones de imágenes de dispositivos escondidos en los lugares menos sospechosos del coche del protagonista. Miró al conductor de esa manera que parece sugerir que cualquier gesto de autocontrol, confianza o iniciativa ayudaría bastante a pensar que la pelea estará equilibrada. Un par de miradas más, cada una más apremiante que la anterior, y la realidad se fue abriendo paso, volviéndolo todo un poco más dramático.

- Vale, no me digáis que vamos en un coche, entre comillas, normal y corriente, y que no tiene cachivaches para deshacernos de esos tarados.

- Lleva puerto USB.

- ¿Y para qué lo quieres, si ni siquiera llevas música puesta?

Como si estuviese esperando aquella señal desde hacía mucho tiempo, el conductor sonrió de medio lado, miró a Ramón por encima de las gafas oscuras y apretó un botón en el volante. Inmediatamente, la luz del equipo de música se encendió y comenzó a sonar "East bound and down", de Jerry Reed.

- ¡Vaya titán! ¡Menudo clásico! ¡Amigos para siempre desde ya, compañero!

- Vale, y ahora que ya estás contento, ¿qué se te ocurre hacer a ti -le espetó Paloma-, genio?

- Pues no sé, como no me ponga a... ¡anda, ya sé! Jo, jo, si es que soy la leche. Ahora veréis. Bueno, otra cosa es que me salga.

Cerró los ojos. A pesar de lo apremiante de la situación, empezó a mover la cabeza con el ritmo de la canción, relajándose y alcanzando la concentración que necesitaba. De la oscuridad que formaba en esos momentos el vacío de su mente comenzaron a brotar trazos, líneas infinitas al principio, recortadas al instante, que poco a poco formaron unas imágenes más nítidas que no dejaban de moverse. Poniendo en práctica lo que había ido aprendiendo las últimas semanas, Ramón tergiversó los hilos de la realidad y vio, desde un ángulo imposible, la comitiva perseguidora, a todo color y en 4K. Absurdo, imposible y carente de sentido físico, lo que sucedía a ritmo normal para el resto, en su cabeza lo hacía ahora a cámara lenta. Lo suficiente como para poder ver el cuadro completo y fijarse en los pequeños detalles.

Con su mano derecha hizo un gesto, como si estuviera cogiendo algo, y luego arrojándolo a un lado. Paloma, que dividía su atención entre él y sus perseguidores, abrió los ojos como platos cuando vio cómo la puerta de uno de los todoterreno salía volando por los aires e impactaba contra la moto más próxima.

Pillados por sorpresa, los esbirros abrieron incrédulos el abanico que formaban, sin saber qué era lo que acababa de suceder. Doorman no fue ajeno a ese movimiento, y cerró su puño izquierdo. Como resultado, la puerta de otro conductor se plegó sobre sí misma, atrapándolo y haciéndole perder por completo el control del vehículo, que se fue a hacer gárgaras después de empezar a dar vueltas de campana.

Aunque la situación se les estuviera torciendo a pasos agigantados, los secuaces de Salomón pasaron también a la acción y, sacando toda su artillería, comenzaron a acribillar el coche como pudieron. Disparos desperdigados que no rompieron la concentración de Ramón, quien con otro gesto, ahora con ambas manos, arrancó uno de los capós e hizo que saliera despedido, esta vez atravesando el cristal delantero de otro de los vehículos y cercenando las cabezas de sus otrora vivos ocupantes.

Todo un espectáculo increíble que consiguió amedrentar a los atacantes, que parecieron darse cuenta de que no estaban tan en superioridad como creían, dando media vuelta no sin ciertos problemas derivados de la mezcla de velocidades, volumen ocupado y ancho de la carretera.

A pesar de todo, siempre tiene que haber valientes o inconscientes, llámense de la manera que más se aproxime a los hechos, con lo que una de las motos siguió recortando distancias. Este último coletazo de persecución duró cierto tiempo, aunque corto, consiguiendo aproximarse más y más, hasta que Paloma gritó un -¡Ahora!- y el compañero silencioso detuvo casi por completo el utilitario eléctrico tras derrapar. Antes de conseguirlo, aún en marcha, la chica abrió la puerta y saltó fuera, equilibrándose tras pisar el suelo y echando a correr hacia el motero a toda leche.

Sin tiempo siquiera para pensar en qué estaban viendo venírseles encima, trataron de hacer una maniobra evasiva, pero Paloma los embistió y arrolló como si de un tren se tratase, convirtiendo la moto en un amasijo de hierros y haciendo que los dos ocupantes saltasen por los aires como sendos muñecos de trapo.

Parecía que, finalmente, saldrían victoriosos de aquella pequeña aventurilla disparatada. Habiendo vuelto ella al vehículo, y ya con Ramón en el mundo real, los tres quedaron mirándose unos a otros, hasta que Paloma rompió el silencio.

- ¿Estamos todos bien? ¿Sí? Pues arranca, antes de que les dé por volver con refuerzos. A ver si somos capaces de llegar a casa para la hora de cenar.

- Esto... ¿Y eso de ahí atrás?

- Lo mismo que tú, pero más de cerca.




2 comentarios:

  1. Creo que finalmente he entendido que ocurre en este capítulo.
    Toda la persecución transcurre en Jedah.
    ¿A qué si?

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  2. ¡Eso es! La primera parte y la última de la persecución, sí. El resto es en Extremadura, que no difiere tanto. Se nos iba el presupuesto y claro...

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